Miriam Rodríguez Contreras*
Desde la pandemia por el COVID la forma de enseñar ha cambiado radicalmente, usando la tecnología que teníamos a nuestra disposición para impartir los conocimientos al alumnado. Con la aparición de la educación 3.0 hace unos años se introdujeron las llamadas TICS dentro de las aulas con el objetivo de enseñar a los niños a relacionarse con el mundo digital. Aparentemente, esa mejora ayudó, como vimos, durante la pandemia. Sin embargo, ahora en pleno 2025 estamos viendo sus consecuencias, hasta tal punto de que ya, por ejemplo, la Comunidad de Madrid ha planteado un Proyecto de Decreto del consejo de Gobierno con el que prohibir el uso de dispositivos electrónicos individuales dentro de las aulas por su impacto negativo en el desarrollo del alumnado a todos los niveles.
Su incorporación en las aulas, evidentemente, vino por lo maravilloso y positivo que las empresas tanto de aplicaciones como de aparatos informáticos, defendían con el objetivo de introducir a la sociedad dentro de los avances sociales que se están produciendo. Sin embargo, nadie realizó un estudio previo sobre las consecuencias negativas que su implementación podía tener en la educación y, concretamente, en las primeras etapas. Por ejemplo, se ha visto como con la implementación de las herramientas digitales ha producido un gran desfase curricular general y los últimos resultados del informe PISA muestran las deficiencias en la comprensión lectora y en matemáticas.
Asimismo, la tecnología de la IA es relativamente reciente, a la que estamos empezando a acceder y usar a través de diferentes herramientas y aplicaciones cotidianas. Estos instrumentos que están a nuestra disposición son generalmente lo que se denomina IA generativa (chatbots, ChatGPT, Gemini, Copilot, entre otras), que también se han adentrado en el ámbito educativo. Dentro de él, los estudiantes utilizan esta tecnología para resolver tareas, creación de ideas para trabajos o elaboración de alguna parte de ellos. Con esta situación cabe plantearse, como docente, las siguientes cuestiones: ¿cuál es nuestro papel frente al uso de la tecnología y la IA? ¿Cómo podemos garantizar con la existencia de estas herramientas que los alumnos tengan un aprendizaje efectivo? ¿Es necesario la integración de la IA en todos los niveles educativos?
En términos generales, la IA está comenzando a tener un impacto significativo en diversas áreas del proceso de enseñanza-aprendizaje, como la planificación, la personalización, la evaluación y el seguimiento, aunque su impacto más notable y directo se observa en los estudiantes que enfrentan dificultades académicas. Frente a esta tecnología, el rol del docente sigue siendo el de acompañante y guía en el proceso de formación. De hecho, en la Conferencia sobre IAcelebrada en Beijing en 2019 que organizó la UNESCO, donde se abordaron diferentes aspectos que los gobiernos debían considerar con relación a lo potencial y los riesgos del uso de la IA en el proceso de enseñanza y aprendizaje, destacó la afirmación de que la interacción humana debía seguir siendo el núcleo de la educación y que las máquinas no pueden ni deben reemplazar a los docentes en ningún caso. Es decir, se debe tener siempre presente que la IA no puede reemplazar al humano puesto que hay experiencias humanas intangibles, como la intuición o la empatía, que la IA jamás va a poder adquirir.
En el plano educativo, es importante tener siempre presente que para que haya aprendizaje es importante que exista una emoción. Ya lo señala María Couso en Cerebro, Infancia y juego (2023), que no se puede aprender de forma significativa aquello que no se ama. Solamente a través de la figura del docente, como guía, puede ayudarte a continuar un conocimiento y fomentar las emociones positivas y proporcionar estrategias para manejar las emociones negativas, creando de manera efectiva una vinculación entre emoción y aprendizaje. Es por ello por lo que la IA no puede sustituir la actividad fundamental de formación humana, o lo que es lo mismo, la educación, que todo individuo necesita para convertirse en futuros ciudadanos responsables.
No obstante, su implementación es una tarea compleja ya que requiere una serie de competencias, habilidades, valores y actitudes relacionadas con el razonamiento crítico, el aprendizaje continuo, la ética y la investigación, más allá de lo relacionado con la tecnología, para poder usar la IA de manera responsable.
Evidentemente, utilizar la IA en educación puede tener varios beneficios: en cuanto al alumnado, las ventajas de usar la IA puede ser la personalización educativa para adaptar el aprendizaje según las necesidades y ritmos de cada alumno, el apoyo individualizado de los materiales didácticos o la detección de dificultades individuales del alumnado. En el caso del docente, para la planificación, generación de material didáctico o la evaluación. En este sentido, Ayuso del Puerto y Gutiérrez Esteban (2022) señalan que gracias a la IA el profesorado tiene una mayor flexibilidad y contribuye a dar respuestas a las necesidades del alumnado, lo que facilita la personalización del aprendizaje y, en consecuencia, la creación de recursos educativos inclusivos. Por su parte García-Bulle (2022), defiende que la Inteligencia Artificial generativa, como los chatbots pueden ser «facilitadores del material educativo, así como refuerzo para disipar dudas básicas a través de una conversación automatizada» lo que ayuda a reducir el tiempo por parte del docente de las tareas mecánicas del proceso de enseñanza para que pueda guiar en otros aspectos de fondo de su aprendizaje.
En este sentido, además de ChatGPT, para las clases de historia el docente puede utilizar otras herramientas como Hello History, Character.ai o Hablandoconlahistoria.es para simular diálogos con personajes históricos, History Timelinepara crear líneas de tiempo interactivas o Bellermapspara crear mapas personalizados de forma precisa. En cuanto a Geografía se puede utilizar la realidad virtual o realidad aumentada gracias a GeoAI o para la historia del arte son útiles DALL-Eo Runway ML para generar imágenes, Google Art para reconocer imágenes o Google Vision o Adobe Sensei para editarlas.
Ahora bien, a pesar de los múltiples beneficios que nos presenta la panacea de la IA, no es del todo cierto. Según una investigación realizada por la Universidad de Pensylvania y el Budapest British International School, se ha señalado que el uso de la IA en las aulas aunque aparentemente mejora el rendimiento académico del alumnado a largo plazo perjudica su aprendizaje, lo que implica que su rendimiento es más deficiente si les quitamos las herramientas de IA que utilizan como «muletillas» o apoyo.
Con ello no estoy diciendo que no haya que utilizar estas herramientas, puesto que la sociedad en la que vivimos hace esencial preparar a las futuras generaciones en un mundo digitalizado y si no lo hacemos nuestros alumnos estarán en una desventaja competitiva respecto a las demás. Más si tenemos en cuenta las predicciones de la OCDE (Organización para la Cooperación y el desarrollo económico) que establecen que el 14 % de los empleos actuales serán en un futuro automatizados y otro 32 % sufrirán cambios significativos por dicha automatización. Sin embargo, como ciudadanos y, particularmente, como docentes, debemos preguntarnos de qué manera queremos que se utilicen estas herramientas en el futuro para poder integrarlas dentro de las aulas de forma efectiva. En este sentido nos preguntamos ¿en qué posición entonces queda la figura del docente?
Comenzar a usar la tecnología en primaria, con lenguajes básicos de programación o bloques de código visuales, conlleva no solamente un uso masivo e indiscriminado de las pantallas que roban la presencia de la realidad de los niños. También les provoca que a la larga pierdan capacidad de aprendizaje y crítica. Y esto lo ha demostrado la investigación científica que confirma que los niños deben estar en un entorno interactivo real para un buen desarrollo cognitivo, no solamente en cuanto a lenguaje. También en cuanto a la motricidad (fina y gruesa) y las habilidades inter e intrapersonales o las funciones ejecutivas como la memoria de trabajo o la inhibición de estímulos. Por no hablar del abandono de la escritura a mano en favor del teclado con la implementación de la tecnología en el aula que provoca un peor desempeño de coordinación precisa y motor fino de los jóvenes, ya que estos, al utilizar el teclado ya sea del ordenador o de la tablet o smartphone utilizan los índices, dejando de lado el resto.
Por lo tanto, hay que defender que la educación en los primeros niveles debe partir de la realidad para luego ser transferida al mundo digital, pero nunca al revés. El problema es que actualmente, creo firmemente, se utiliza tanto la tecnología y sus herramientas como la IA como un eje vertebrador de todo el hacer pedagógico y no como las herramientas que son. ¿Cómo puede generar conocimiento el docente si ya está la IA para ello? Olvidamos que para poder usar los chatbots, por ejemplo, se necesitan conocimientos previos sobre lo que vamos a preguntarles puesto que la IA también se equivoca.
Creer que el alumnado va a aprender más sabiendo una serie de prompts a introducir en la IA es quedarnos en la superficialidad del conocimiento que pueden adquirir y vivir en la ilusión de que van a estar bien preparados para el futuro cuando realmente lo que hacemos es desarrollar en menor medida su capacidad de almacenamiento y memoria. El conocimiento se almacena solamente a través de la repetición y la profundización de un tema, algo que ni la IA ni Internet nos proporciona puesto que al no estar en un espacio concreto y con las infinitas respuestas que nos ofrece no ayuda a que tengamos un anclaje secuencial cuando tratamos de aprender, sino que únicamente sobrecargamos nuestro cerebro de información.
Y es que la IA también presenta una serie de preocupaciones y desafíos para poder ser utilizada como una herramienta en educación. Concretamente, para lo que se refiere a las primeras etapas educativas, uno de los desafíos más relevantes es la inquietud acerca de la disminución de la interacción humana en el proceso de enseñanza-formación. La dependencia desmedida de las herramientas de Inteligencia Artificial restringe a largo plazo, como hemos visto, el desarrollo de competencias sociales y emocionales en los alumnos en los primeros niveles de educación.
Incluso en la educación universitaria, estos retos también están presentes puesto que un uso excesivo de la IA puede generar una dependencia perjudicial y obstaculizar el desarrollo de habilidades cognitivas superiores. De esta manera, la dependencia tecnológica provoca en los estudiantes una erosión gradual de diferentes habilidades que son fundamentales en el aprendizaje a todos los niveles como la resolución de problemas, análisis crítico, la lectura o la escritura, debido esto último a los correctores ortográficos y gramaticales que ofrece la IA.
Esto provoca no solamente que al usar la IA se realice una «lectura superficial» donde no se profundiza en la información para convertirla en conocimiento sino que también aparece una falta de comprensión intuitiva de las reglas del lenguaje. El conocimiento solamente se adquiere a través de la confrontación, cuestionamiento, análisis y enfrentamiento de una información con otra. Y de manera general, con el uso de la IA, gracias a sus respuestas instantáneas e ilimitadas (muy diferente al uso de Google, por ejemplo) no favorece a los estudiantes en su capacidad de cuestionamiento de la información que se les ofrece, la evaluación de las fuentes que esa IA utiliza o el desarrollo de diferentes argumentos y su confrontación. Esto suscita, según los expertos, una reducción de la curiosidad por parte del alumnado y también una disminución de su capacidad de pensamiento crítico o una menor capacidad de almacenamiento de información como consecuencia de la superficialidad del conocimiento dado que ofrece la IA.
En este sentido, también entraría el uso de las herramientas de IA para la evaluación docente. Aunque dichas herramientas pueden ayudar a evaluar de manera objetiva, sin la influencia o sesgo humano, y ahorrar tiempo, la verdad es que la interacción automatizada de la IA hace que se pierda la interacción emocional existente entre el profesor y el alumnado, donde el contacto interpersonal para el intercambio de ideas o sentimientos son indispensables y que la IA o cualquier asistente virtual es incapaz de mostrar.
Además, existe el peligro de que con la IA se perpetúen e intensifiquen las desigualdades tecnológicas, si no se asegura un acceso justo a ellas, además de problemas relacionados con la ética. Esto trae como consecuencia una brecha que limita a los estudiantes al acceso a materiales, ejercicios y oportunidades de aprendizaje como ya se ha estado viendo estos últimos años en algunos centros educativos de primaria.
Otro de los riesgos que plantea el uso de la IA en educación es acerca de la seguridad y la privacidad. La IA puede recopilar y utilizar datos personales de los estudiantes y venderlos a terceros, que en casos de un ciberataque estarían abiertamente expuestos en línea de privacidad. No solamente perjudica a la privacidad, también a su libertad, beneficiando a las grandes corporaciones. Por lo tanto, es necesario que tanto las empresas como las instituciones y los gobiernos establezcan normas éticas para el uso de la IA como una medida de protección.
Un desafío añadido es que los algoritmos que utiliza la IA pueden estar programados con tendencias e intenciones de preferencias ideológicas, culturales, sociales y políticas, lo que hace indispensable que se realice una revisión crítica de la información que ofrece. Sin embargo, la IA suele tener dificultad tanto para adaptar el contenido dentro de un contexto sociocultural específico, no entiende las señales emocionales del usuario o el pensamiento divergente y, dentro del aula, no puede manejar situaciones inesperadas que puedan ocurrir. Algo con lo que sí cuenta el ser humano.
También debemos cuidar de manera ética, desde los derechos de autor hasta la revisión de los trabajos de los alumnos, ligados a la autenticidad de la evaluación del aprendizaje que no siempre se puede evaluar con algoritmos.
A día de hoy, en la educación estamos difícilmente cubriendo las necesidades educativas básicas en muchos centros de primaria y secundaria. Lo que marca la diferencia en educación es el recurso personal, es decir, humano. Esto solo es posible cuando existe una ratio baja y un gran equipo de profesionales correctamente formado y de forma complementaria con los recursos materiales.
Las personas que nos dedicamos a la educación, en cualquier etapa educativa, deberíamos hacerlo con la esencia de la vocación, puesto que en cualquier nivel, no tratamos de enseñar a nuestros alumnos que adquieran únicamente un conocimiento y habilidades técnicas. También es nuestro deber que desarrollen habilidades emocionales y sociales, algo que comienza desde la Educación Infantil. Es por ello, que el uso de la IA debería comenzar a introducirse a partir de los estudios superiores y desde el punto de vista de una herramienta complementaria y no como el remplazo de los docentes. Para ello, es necesario adoptar un enfoque estratégico, desarrollando modelos de gestión del conocimiento que permitan a su vez optimizar la creación, captura, almacenamiento y difusión de información, fomentando al mismo tiempo la innovación y la competitividad institucional.
* Miriam Rodríguez Contreras es historiadora moderna licenciada en Historia y máster en Estudios Avanzados en Historia Moderna por la UAM, donde ha defendido la tesis Gasto y financiación de la corte de Felipe IV (1621-1665) y forma parte del Instituto Universitario La Corte en Europa (IULCE-UAM).licenciahistorica.com+2Biblos-e Archive+2 Su investigación se centra en la historia económica y cortesana de la Monarquía Hispánica —especialmente el gasto y la financiación de la corte madrileña en el siglo XVII—, además de abordar temas de clima e historia ambiental y divulgarlos mediante artículos académicos, docencia universitaria y actividades como el curso Mujere