Ignacio Martín*
La Pluma. Revista de creación y pensamiento continúa con Función negra de Ignacio Martín, texto en prosa poética profundamente dialógica en el que la voz de Martín se entremezcla con las de sus referentes literarios y vitales, especialmente Julio Vélez Noguera, director de la segunda etapa de La Pluma en la mejor tradición quevediana en la que la literatura es, además, una manera de escuchar (y hablar y bromear y reír) con los muertos. Nacho, charro de dos mundos (el salmantino y el mexicano), lo sabe bien.
III
XLVII
Nunca pensé que yo mismo fuera una conversación.
Nunca pensé que España pudiera ser tantas cosas; ni que yo fuera uno de los niños del poema de Vallejo, o lo pudiera ser.
Nunca pensé que fuera tan verdad y tan posible el revivir constantemente los recuerdos.
Nunca pensé que, en medio de la rabia y el dolor, pudiera, al menos, sonreír.
Nunca pensé que las metáforas pudieran ser tan bellas y tan ciertas.
XLVIII
Pues sí, sus amigos eran su tesoro.
Pues sí; yo fui uno de ellos, tuve esa suerte que ahora me pesa en el alma, que rasga el poema cotidiano, que hace necesario sentarse, con una noche por delante, a desentrañar una charla encerrada en una botella de vino.
Beber para que el vino no nos beba; vivir para que la vida no nos viva.
XLIX
¿Cómo es posible? Era uno de sus alumnos, de sus amigos de los últimos tiempos, un recuerdo, un abrazo vivo que me buscó; una charla, una botella de tinto; quizá lágrimas, vida, historias, la sangre de lo que escribo, mis amigos, hilo infinito de Ariadna que comenzó en julio…
Mierda de fama, jodido éxito, pavadas. Sus ojos, su mano al despedirse, triste y fuerte apretón, palabras en silencio, abrazos que se escapan del libro…
De verdad, intento no hacer nada que pueda reprocharme, pero hay hechos que se me clavan en el alma. Fama, dinero; quiero ser coherente, que no me envenene este sistema de mierda, pero a veces pienso que es invencible.
No quería un prólogo, ni que leyera su novela, ni una presentación. No quería mi firma en una carta de protesta contra… Solo quería volver a sentir, en mí, la presencia de un amigo; hablar.
¿Por qué siempre tenemos que buscar significados en las palabras?
Holiday Inn, 2 a.m.
L
¡Ay, Duri del alma! Te conocí, sí, pero no pude decirte que, no tanto tiempo atrás, ya habíamos bebido juntos. Tú hablabas con Julio. Varios de sus amigos de entonces, ya tuyos por el hecho de serlo, escuchábamos. Era un simple casete, pero allí estabas.
No pude casi hablarte, los recuerdos estaban demasiado vivos, ese momento estaba demasiado vivido para que la realidad no hiciera de las suyas y lo volviera un momento más, quisiera clavarlo en un autógrafo y dos o tres palabras.
Sin embargo, me sobrepuse; y me aferré a ese hilo del que hablas en lo que escribo. Y tiro de él. Y van apareciendo las conversaciones. Y esta noche sonrío un poco más que de costumbre…
LI
¿Qué pasó, madrecita? Ya sabes, como siempre supiste que tu hijo era medio raro, que no se conformaba con una vida tranquila, que tenía que hacer algo especial. No te preocupes, a mí esto de escribir me pone contento, y lo de no hacerme millonario me ayuda a madurar, que dicen los sicólogos. Como dicen por aquí, ahí la vamos pasando, y a veces hasta me siento un poquito Vallejo; ya sabes, el poeta peruano del que nos hablaba Julio, aquel del que hicimos una exposición. Estuvo bien jodido, perdón, en París, ese París del que tanto me hablabas; él también le contaba a su madre de París; a veces sin comer, pero ahí seguía, porque estaba, más o menos, contento, digo yo. En fin, que no te pueden extrañar mucho mis locuras y que sí, mujer que no me olvido de vosotros, que prontito nos vemos.
Un beso. Hasta pronto.
LII
Fue en su clase, ¿te acuerdas? Habíamos estado hablando de Martí, de punta a punta de la clase discutíamos, charlábamos de literatura.
Pero no te quedaste conforme; al terminar, te acercaste a mí y seguiste la plática. Cinco minutos, nada, pero en el camino a casa, Pilar se reía, yo estaba feliz. Por fin, cinco años de carrera y por fin me sentía en la universidad: alguien que rompía el hielo, que pensaba; y con esa pinta de tímido…
Te la debo, porque por muy amigos que nos hayamos vuelto, ese sentirme feliz, ese de repente encontrar muchos sentidos a las cosas, es obra tuya.
Te la debo, mano, en el sentido puro de la palabra.
LIII
No se me olvida, eso nos enseñó: los amigos son, siempre están, porque se vuelven nosotros.
Sigo andando, me canso a veces, otras no sé qué onda, como dicen por aquí; no me cuesta sentir y recordar, pero como me pille en un momento medio jodido, de esos de soledad, o algo así, siento como un dolor, una especie de miedo que me golpea la boca del estómago.
Ya veo que todos andamos poco más o menos, y me alegro de que tú ahora salgas con ella, de que la consueles, de que la vida os haya juntado de esta otra forma. Él quería que ella fuese su futuro, que le diera esa calma que buscaba, y el presente se le clavó en el corazón. En plena muerte, me alegra descubrir algo de vida; que comencéis de nuevo, o de viejo.
Déjate de prejuicios; quienes conocemos la historia estamos obligados a repetirla; ¿o era a repartirla? ¿O cómo era?
¿Qué ya no? Pues ni modo, pero hiciste lo que debías hacer, lo intentaste; no te vencieron los prejuicios. De eso puedes estar orgulloso.
LIV
Siempre me fue difícil, desde pequeño me pudieron las injusticias, los autoritarismos. La verdad es que nunca he sido, lo que se dice, dócil. Tímido, sí, a veces, pero también quijotesco, debe ser algo genético de los españoles. Crecí entre niños ricos; no era pobre, pero tampoco como ellos que, por otra parte, casi siempre me reventaban. Pensando ahora, veo lo atractivas que me han resultado siempre las contradicciones, lo cabeza dura que fui, que soy, pero lo que me gusta escuchar, lo que me gusta ver que alguien sabe más que yo: debe de ser el sentido de la humildad que me inculcaron los curas.
LV
Anda que no tenía ganas de conocerte… Los profesores fachas, que en mis tiempos todavía quedaban, también me habían intentado joder, como a ti, pero a mí me tenían que poner notas. Yo era un grillo, como dicen por acá, y los estudiantes que montaron toda la bronca porque querían que te quedaras nos pidieron, a los grillos pues, que les echásemos una mano. Mano, ¿qué les habías dado? Es que esa clase era el copón bendito, un montón de empollones que escondían los libros básicos para los exámenes, que entendían la universidad como una carrera de obstáculos, a vida o muerte. ¿Cómo es posible que ese montón de futuros profesores, seguro que casi todos llegarán a catedráticos, se mojaran por un profesor que les hacía trabajar en una “maría”, en una de las optativas de Cuarto?
Te juro que no entendía nada.
LVI
Mi padre… A veces me saca de mis casillas, no lo entiendo. Mis amigos reniegan de sus padres porque no les dejan hacer nada; yo, porque me deja hacer de todo, porque dice que es bueno que meta la pata, que es como mejor se aprende; que si tengo que ser responsable.
Es un padre curioso, que ha tenido que hacer de padre y madre. ¿Sabes?, cuando cumplí los trece, o los catorce, no recuerdo bien, da igual, me regaló una preciosa cajita, como de puros, pero llena… de condones, hazme el favor… Y me soltó un rollo… En el fondo, era padre, y pasó el mal rato, pero, la verdad, es que es un recuerdo bien bonito.
Cuando nací, aunque yo entonces no me di cuenta, me regaló su alias.
No, si sí me riñe; a veces, hasta me castiga; no es eso, es que me duele verlo, me jode que se sienta mal por algo que yo haya hecho.
Es algo raro, ¿no?
LVII
Su primera clase; por fin íbamos a ver qué era lo que tenía ese profesor. Yo ya me había tomado un café con él, por una vez había conseguido que la curiosidad venciera a la timidez.
Llegó, dejó su maletín de cuero en la mesa, se dio la vuelta y nos preguntó: ¿saben ustedes por qué las lagartijas tienen los dedos largos, los loritos el pico chico y hay pájaros de colores?
Claro, por fin, eso y todo lo que vendría detrás era la universidad; la literatura sí servía para algo, aunque nunca faltara el imbécil que preguntara si aquello entraba en el examen.
Querido Louie, presiento que este el comienzo de una hermosa amistad…
LVIII
Aquí estamos, cuántas veces lo dijimos, al menos lo pensamos: Garibaldi, una juerga de esas que hacen época, mariachis y toda la cosa, a puro tequila, que no es bueno mezclar.
Igual que en La Calleja, la música haciendo presentes los recuerdos; los amigos que flotan en el aire, como el humo de los cigarros, y que charlan con nosotros y con otros amigos, con los nuevos que va trayendo el tiempo. Hasta me voy a animar a cantar; tú me apoyas: arrieros somos, y en el camino andamos…
Preferiría otra cosa, algo menos introvertido. Preferiría tenerte más presente, pero si no lo gozo, sé que te vas a encabronar.
No sé si Vallejo, tu César, fuera alcohólico, pero en esas juergas, tan justas y necesarias, me acuerdo de su brindis, de la única foto de la sonrisa del poeta que parecía triste, de alguien contradictorio, como buen ser humano; de un peruano que vio, en una España llena de sangre, la ternura de un mito…
En fin: pour qu´en buvant, on devient meilleurs. Para que bebiendo seamos mejores.
Vaya borrachera; bueno, no, borrachera no, pero es que esto ya parece las entrevistas que le hacías a Galeano; al principio, muy bien, muy seriecitos los dos; sin embargo, se iban vaciando las botellas y venía lo bueno: la belleza incoherente de una conversación de amigos, porque sí, porque eso es lo importante; quizás vaya por ahí lo del cordero del Principito.
Sí, lo que pasa es que Galeano estaba lejos, pero estaba.
Sí, que sí, que esto se está volviendo una locura; maravillosa, sí, pero locura.
Tampoco creas que me preocupa mucho.
LIX
Fue bonito llevar a Vallejo a Salamanca. Todos, más o menos al tiempo, nos hicimos amigos, y estudiosos; humanos, como los poemas que César, que ya era un poco nuestro, escribiera en París, con aguacero.
Fue maravilloso ir descubriendo, como niños, que la literatura servía para muchas cosas, y que a veces no estaba en los libros; y que los que la hacían estaban vivos.
Benedetti llegó a hablarnos de Vallejo; nos dijo aquello de Gonzalo Rojas, lo de Vallejo, y todavía. Benedetti nos regaló su ser, nos compartió su emoción, y su asma.
Todo fue más poema que un poema. Fue imborrable cantarle a Benedetti su “Te quiero”, y que al tiempo se volviera la canción de nosotros.
Nos fue invadiendo César, nos llenamos de sér, tan vallejiano. Creo recordar que César sonreía…
LX
Si algo tengo claro es que los momentos más importantes en la vida no son precisamente de alharaca… De hecho, solo el tiempo nos hace darnos cuenta; solo el tiempo nos hace revivir.
No sé por qué me he puesto a pensar en la muerte; qué carajo; digan lo que digan, duele, escuece, mata un poco.
Los sueños que no se sueñan, la vida que no se vive, el vino que no se bebe, el amor que no se hace, el juego que no se juega, las palabras que no se charlan.
Algo así debe de ser la muerte, y que me perdone Pedro Páramo.
Rehacer la vida; encontrar trabajo, razones para vivir, amigos para beber, cumplir los sueños, a algo que más o menos se les parezca; tener más sueños; volverme, volvernos, un poco mexicanos, escribir una novela, aunque no sea policiaca, aunque no sea ni novela; publicar; enseñar que no se trata de saber.
No es cosa fácil.
Ya era hora, cabrón: esa llamada tuya, estas copas. Dejé, y no me arrepiento, los recuerdos allá; me traje a mis amigos: ésos no son recuerdos, qué coño, aquí están, en todo lo que vivo, en todo lo que siento.
Pero sí, necesitaba algo más visible, no una reunión social, no pinches intelectuales de pose y de salón; no un paripé bohemio. Necesitaba, aunque te suene cursi, saberme necesario; claro, solo para charlar, nada más para compartir contigo esta botella.
Menos mal que llamaste.
LXI
Hacía un año, por lo menos, que te conocía, aunque no te hubiera visto nunca; ya me había metido en rollos por tu culpa, creo que merecía saber cómo eras.
Fue en un examen: tú llegaste con aquel tipo altísimo, que repartía las hojas como si fueran piedras; como había habido tantas broncas, pensábamos que era tu guardaespaldas; o un jefe indígena, del Perú, que ya sabía que lo tuyo era Vallejo.
Pensábamos que eras más joven.
Tony Geist, ése era tu guarura: otro profesor loco; y encima, gringo. Cómo le gustaban, y le siguen gustando, las juergas españolas…
Carajo, pensaba que nada más era yo; ya sabes, siempre digo que nacía tarde, que era un nostálgico de vuestros recuerdos. Pero ya ves, todos se vuelven igual de nostálgicos; todo es más real desde el recuerdo; todo cobra nueva vida, otro valor.
No sé si tiene que ver con el realismo mágico, porque, te confieso, nunca me quedó muy clara tu explicación.
Qué raros somos, ¿no?
Fue aquella Navidad, después de conocernos. Me invitaste a tu casa, que la tenías llena de amigos. Os repartisteis los regalos, algunos se fueron a acostar.
Nos quedamos Tony, Ed —creo que así se llamaba— tú y yo. Ya iban demasiadas botellas, demasiados chistes, con sus correspondientes carcajadas. Fue mi Navidad más irreverente y, desde luego, una de las más maravillosas; de esas que se recuerdan para siempre.
En vez de villancicos, nos dedicamos a cantar, con la ventana abierta —en Nochebuena, en Salamanca— canciones de la guerra civil, de las que había cantado el padre de Tony cuando estuvo en España con la Brigada Lincoln.
No lo hacíamos tan mal con aquellas voces aguardentosas; aunque, por otra parte, aguardiente era lo único que no habíamos bebido.
LXII
¿Sabes? No solo nos hiciste estudiosos militantes de la literatura americana (para que no haya broncas). No solo. También nos hiciste ver que todo es importante, que todo puede volverse poema, o libro.
Julio, poeta y tantas otras cosas: quedaste en cada uno; te recreamos cada vez que cogemos un boli, una pluma…
Me queda ese recuerdo del amigo que sabía de Vallejo, que nos lo regaló; de ese profesor loco, de ese maestro de tantas materias, en tantas disciplinas; de ese, a veces, quizás ídolo. En fin, que soy hombre, que me agarraste demasiado maduro como para enamorarme, además de que yo siempre he dicho que, si fuera homosexual, sería lesbiana; tú me entiendes.
Es broma, pero me alegra no haber perdido la costumbre de admirar, de emular; y de correr los riesgos.
Me alegra que a algunos les llamase la atención que fuésemos amigos.
Cómo te gustaba hacer teatro, todo volverlo símbolos…
LXIII
Me doy cuenta, aunque no sé si sobra la explicación, de que esto es una novela que parece un libro de poemas; o un libro de poemas novelado; lo que sea, me recuerda al Centro Pompidou; como que se van dibujando las piezas de un rompecabezas que no sé cómo es.
Me estoy empezando a dar cuenta de que el dichoso rompecabezas no hace falta; que ya lo dijo Kafka, y si no lo dijo, seguro que lo pensó, que no se puede hacer comprensible la vida, porque no tiene pies ni cabeza; que no se puede hacer bonito, con todo y estructura, lo que nos duele.
¿Será esto el documento fundador del centropompiduismo? ¿La página liminar del antirrompecabecismo?
Esto de no poder dormir, a veces es contraproducente.
LXIV
Fui al teatro; me había llamado una amiga actriz: ella y sus compañeros de reparto querían protestar porque no les pagaban e iban a hacer una representación especial: solo ellos, algunas luces, las imprescindibles, un escenario negro, vacío, los periodistas imprescindibles, unos cuantos amigos.
Recordé nuestras charlas, pensé en cualquier rato con algún amigo; a veces, incluso, sin nadie. Esos momentos, tan llenos de silencios y palabras, son nuestras particulares funciones de protesta: nosotros, los actores, teatro y público, hablando, porque es lo único que nos queda, protestando porque hay que hacerlo, aunque no caigamos en la razón concreta.
No hace falta nada; bueno, un café, un vaso de vino, algo de música, quizá; no importa el escenario, solo los personajes y ese texto que va cobrando vida pero que no podemos atrapar.
La dichosa catarsis.
Vallejo…
LXV
Cuánto tiempo llevamos charlando… Mira nomás —ya se me está pegando lo mexicano— la cantidad de botellas de Stolishnaya, esta humareda.
Ya sé que has muerto, que tu cuerpo no hiere más la tierra que labraste.
Sé también que eres mi amigo, ¿no?
Cabrón andaluz borrachín, ya sé, ya sé… Que sí, que esta es la forma de que charlemos; está bien, pero, ¿pensaste lo que para mí es beber por los dos?
LXVI
No, pues que soy Rafa, que Julio me había hablado de vosotros; que fui su amigo, qué hostias, que soy su amigo, que estoy en México, que cuándo nos vemos, cuándo nos juntamos para tomarnos unas copas, para volvernos a ver aunque nunca nos hayamos visto.
Qué suerte, mano, tú conociste a Julio Vélez. Yo lo conozco, pero de los libros, qué te piensas, aquí también nos gusta Vallejo, aquí también a algunos nos da por estudiarlo.
¿Cómo era? Bueno, es, no te preocupes, te entiendo. Yo también sabía que era, es alguien especial, porque no cualquiera puede meterse así en Vallejo.
¡Claro! Ése era el famoso Julio Vélez; cómo no me había dado cuenta… Te conocí en México porque me dieron tu dirección en Salamanca: que había una pareja en el DF que ya se había quedado allí, que podían echarnos la mano a los becarios.
Y os conocí, y nos hicimos amigos; y me contabais historias de vuestra época universitaria, de cuando estudiaban los que ahora eran nuestros profesores; y claro, hablabais de ese Julio Vélez que para mí era un mito, había quedado así en la siete veces, ya va para ocho, centenaria universidad.
Pero si yo era un crío; y tenía un amigo que se llamaba Álex. Y un día, en una reunión de padres, el padre de Álex, muy educadamente, dejó a la altura del betún a la profesora de literatura, una de esas amargadas cuyo propósito en la vida es que los jóvenes odien cualquier cosa susceptible de hacerles pensar.
Álex, Álex Vélez.
Claro.
LXVII
El mundo, el resto, ahí siguen. En los recuerdos van apareciendo otros momentos, otros amigos, otras conversaciones. No hay relación, o no hay más relación que nosotros, porque somos nosotros, cada uno, los que damos sentido, los que vamos leyéndonos, dándonos cuenta de que todo es un libro, sin páginas y, quizá, sin palabras.
No existe la intertextualidad, es que también los libros hablan.
Con nosotros, entre ellos.
LXVIII
El tiempo pasa, si es que existe, y ya ves, nos estamos volviendo unos críticos de prestigio, aunque sea en El Adelanto, Tribuna o el Diario de Cádiz. Además, se está gestando una generación de escritores; ya verás, puros cuates repartidos por el mundo, lo que tú querías.
Ya verás, cuando nos juntemos, hasta flamenco acabaremos cantando…
De momento son sueños, pero hay que tener las cosas claras y también, por qué no, echarse flores, porque como no nos las echemos nosotros…
LXIX
Todo es un libro, todos somos libros; recordar es mucho más complejo, y maravilloso, que conjurar fantasmas.
Este libro es verdad mientras no se demuestre lo contrario.
Quizá es que a veces la verdad es más diminutivo que concepto.
LXX
Nunca estuviste en México, pero aquí estás. Aquí has estado siempre, aunque a veces no me diera cuenta. Sin embargo, hoy encontré un libro de esos que hay que leer sin mirar las palabras. Hoy me encontré a un montón de poetas que, allá por el 85, quisieron decir que Nicaragua era algo más que un país, que un partido, que una revolución.
Perdido en un tiradero de libros viejos, ahí estabas, charlando con Alberti, con Vázquez Montalbán, con un montón de amigos.
Sonreí, una sonrisa con forma de pequeña lágrima. Era bonito escucharte de nuevo, después de tanto tiempo y tanta lucha para ordenar presentes y recuerdos. Agarré el libro y no pude soltarlo: un amigo me apretaba la mano, un poema me escribía; un poco más de esa especie de amarga ternura que a menudo me invade.
Para un ateo, al menos de boquilla, fue una manera muy sutil de decirme que estaba terminado, de momento; que ya iba siendo tiempo de dejar que este libro fuera tomando vuelo, cobrando forma por sí mismo.
No contábamos con los editores, con que iban a querer hacer buena mi broma de que yo iba a ser escritor póstumo. Esto de, sin nombre, querer publicar algo literariamente inefable, está complicado. Tampoco me quejo. Lo hice, te escribí. Y aquí sigo. Y las vueltas que la vida va dando…
Que me quiten lo bailao.
Además, los lectores, a lo largo del tiempo, han ido siendo algunos; pocos, pero selectos. Y lo de vernos con otros en una librería, pues al tiempo.
LXXI
No existen los finales, y menos en los libros que nos salen de dentro. Tampoco existe el tiempo, ni el espacio, o son todos en uno; ya dije que lo nuestro es el instante; que no hay mejor reloj que una botella y un amigo; que no hay mejor lugar que una conversación.
Pero ya va amaneciendo, y el trabajo también es importante. Como todo.
Qué te puedo contar que ya no sepas.
París, octubre 1936
Morón, Salamanca, DF, 1995
Cualquier café, 2004
* Filólogo de formación, poeta, escritor y editor para ganarse la vida. Obra: Luz tan fuerte que se escucha, Con toda la intención (versión de libre acceso disponible en esta web), Edición de autor, Panfletario (versión de libre acceso disponible en esta web), Función negra e Intención de autor (Obra reunida, 1988-2018). Como poeta, ha sido incluido en diversas antologías y revistas culturales y es coautor, junto con Pilar Leal y Rafael Pontes, de Tras la huella de... El cuento, publicado por la editorial Édere. Desde 2010, publica la columna “Charro de dos orillas”; primero apareció en el periódico El Adelanto, de Salamanca, España; tras el cierre de dicho diario, en mayo de 2013, la columna continúa en SalamancaRTV al Día (diario digital).
Este proyecto de recuperación de las dos primeras épocas de la Revista La Pluma (1920-1923, 1980-1982) ha sido posible gracias a la Subvención de concurrencia competitiva actividades Memoria Democrática en su convocatoria del año 2021 ("La Pluma, tercera época", 043-MD-2021).