Miguel Ángel Nieto*
NO SABÍA QUE LA CIUDAD FUERA UN SER VIVO
1.
Al terminar el otoño de 2016, todavía no había llegado a Madrid ni uno solo de los millares de refugiados sirios que llevaban un año sorteando los Balcanes y el Egeo en su éxodo hacia Europa, pero 50 años antes habían llegado otros refugiados muy graciosos, los cubanos.
Los cubanos aquellos eran hijos de los que huían de la revolución castrista y al parecer la ley norteamericana les obligaba a estar al menos un año en España antes de continuar viaje hacia Miami. No se sabe por qué, a todos les dio por instalarse en mi querido barrio, en Aluche. Por entonces era un barrio en construcción, al sur de Madrid, en la periferia de la ciudad. Lo ocupaban fundamentalmente inmigrantes recién llegados de las zonas rurales de las dos Castillas, Andalucía y Extremadura.
En los años 60 del siglo XX a todos los de todas partes les dio por vivir en ese barrio o en los barrios aledaños, en los del sur, y a mis padres los primeros. Y aunque resulte paradójico comenzar así un texto sobre Madrid, para evitar confusiones es necesario aclarar que yo no soy de Madrid.
En realidad nací en el punto kilométrico 103 de una carretera que sortea la Sierra de los Galayos, en las proximidades del río Tiétar, en la provincia de Ávila, en Castilla. Justo allí, una noche que al parecer nevaba copiosamente, mi madre se puso de parto y mi padre, que por entonces era camionero, buscó un médico en el primer pueblo cercano que encontró, una aldea de la montaña que se llama Casavieja. Oficialmente ese es mi pueblo, pero hasta que no cumplí 25 años no tuve curiosidad por visitarlo.
Mis padres dedicaron en total nueve años a recorrer los 500 kilómetros que les separaban de Madrid. Salieron de Extremadura en 1958, en busca esa vida mejor que la capital prometía a cientos de miles de habitantes de la España rural, pero no lograron un piso en alquiler hasta 1967. Era una casa pequeña y oscura por la que paseaban unas ratas del tamaño de conejos y en la que se instalaron con sus cuatro hijos y con la abuela Pilar, la madre de mi madre.
Parafraseando al primer hombre que pisó la Luna también por aquellos años, la llegada de mis padres a Madrid fue un paso muy grande para ellos, pero la Humanidad ni se enteró. De hecho, nadie retransmitió en televisión aquellos masivos desembarcos en Aluche, y eso que mi padre, un maestro en las artes del hurto y la picardía, se había hecho en no sé dónde con uno de esos carísimos televisores en blanco y negro que nunca llegó a pagar.
Cuando acudo a los primeros recuerdos de aquel Madrid de mi infancia, de aquel barrio de Aluche, saltan como resortes dos palabras inquietantes: miedo y provisionalidad. Y tiene su explicación: no sé por qué razón fui “abandonado” unos meses en casa de una tía mía mientras mis padres aderezaban la casa recién alquilada y se hacían con camas y enseres para que fuera habitable; es decir, fui el único de mis hermanos que no vivió en carne propia la certeza de echar raíces. Por el contrario, aquellos tres o cuatro meses parecían no tener fin, aunque vivía, eso sí, mimado por mis tíos y rodeado siempre de mis primas adolescentes, dos hermosas muchachas que cada dos por tres paseaban en bragas por la casa.
Pero al final llegó el reagrupamiento. Fue el día en que cumplía seis años. Mi hermano mayor me compró un helado y me llevó a jugar a unos columpios que había cerca de la casa, allí en Aluche, y me dijo: “Vuleve tú solo. Ya sabes dónde es, el quinto bloque de edificios. ¿Sabes contar?”.
No sé por qué tuvo que llevarme a los columpios, porque odio los columpios y porque yo venía de un mundo en el que pasaba el día subido a los olivos o saltando riachuelos, pero me quedé jugando en esos hierros de colores, muy obediente, para evitar una bronca de mi hermano. Y cuando me aburrí, comencé a buscar la casa. Pasé una hora dando vueltas sin saber cuál de todos era “el quinto bloque”, porque había cientos de edificios de ladrillo rojo y todos eran exactamente iguales: portales negros, balcones alargados e idénticos, ventanas repetidas… Ni siquiera había un árbol que sirviera de referencia. Estaba completamente perdido. Tuve miedo, la verdad. Esa idea de ciudad impersonal se impuso con un miedo insuperable. Y me senté a llorar en un bordillo, sintiéndome por primera vez el niño más desgraciado de la Tierra.
La segunda palabra, la provisonalidad, tenía que ver con que habíamos aprendido que lo definitivo no existe. ¿Cuánto tiempo estaríamos en Aluche? En seis años había vivido más de una docena de traslados por distintos pueblos y ciudades de Castilla: Casavieja, Talavera de la Reina, Madridejos, Arenas de San Pedro, Arganda del Rey, Torrejón de Ardoz… ¡Ni me acuerdo! Tan pronto como se convertían en impagables las deudas que mi padre acumulaba en los bares, cogíamos los bártulos de la casa, los cargábamos en el camión y amparados en la noche nos trasladábamos a vivir a otro lugar. Eso era la provisionalidad, lo único que conocíamos.
Pero mira por donde, Aluche se convirtió en un lugar definitivo gracias a que mi padre salió una tarde a por tabaco y todavía no ha vuelto. Mi madre decidió entonces que su próxima mudanza sería hacia el cementerio. Ya no habría más traslados.
Fue por entonces cuando llegaron los cubanos en tránsito. Y también los judíos sefardíes –varios millares–, aunque de eso no se dijo ni se dijo nada, porque habían sido expulsado de España 500 años antes y ahora retornaban desde Marruecos y Argelia, donde la caída de los protectorados español y francés habían dejado el norte de África en manos de los nuevo gobiernos musulmanes.
Para las grandes pandillas de hijos de inmigrantes que vivíamos en Aluche los cubanos ni eran extranjeros ni eran nada, eran como nosotros, advenedizos y provisionales, aunque eran gente valiente y muy divertida. Nunca se nos ocurrió preguntarles que por qué habían llegado a Madrid ni si pensaban marcharse. Al revés, enseguida se integraron y en poco tiempo dejaron de sufrir los ladridos de los perros vagabundos que nos acompañaban siempre, y que eran perros adiestrados para gruñir a forasteros. Cada grupo de chavales, cada pandilla, tenía sus propios perros callejeros, eran parte de la banda, parte del sistema psicológico de defensa frente al tremendo miedo que provocaba en nosotros la difusa dimensión de la ciudad.
Además, los cubanos animaron el barrio con sus gorras de visera y sus bates de béisbol y nos enseñaron ese juego que desconocíamos por completo y que en su país era, al parecer, el deporte nacional. Para los vecinos, que desde sus balcones nos veían jugar desde por la mañana hasta la noche en medio del barrizal, aquello acabó siendo un calvario: raro era el día que la pelota no traspasaba algún cristal. Acostumbrados como estaban a vernos jugar al fútbol, aquello de darle a una bola con un palo no lograban entenderlo. Al fin y al cabo, el infinito vecindario de todos los barrios de la periferia de Madrid estaba integrado por gente de origen rural, hombres y mujeres sin reloj ni calendario que al levantarse miraban todavía al cielo para calcular el destino de las cosechas que habían dejado en sus respectivas huertas.
2.
Muchos años antes de que la Policía capitaneara el tráfico de drogas en barrios como Aluche, viajé por primera al centro de Madrid. Me llevaron en metro los amigos de mi hermano el mayor. Yo tendría entonces diez años, no recuerdo bien.
Ellos iban todos los domingos a ligar a la Plaza de España, a un lugar que todavía hoy se le llama Los Cubos. No sé por qué, aquél era el lugar de cita de los jóvenes del extrarradio, chicos y chicas adolescentes que acudían a lo mismo, a tantear relaciones que rara vez se concretaban y que terminaban, en el mejor de los casos, en compartir un paseo en barca de remos por el lago de la Casa de Campo. A eso se iba a Los Cubos, a intentarlo. Era como cuando vivíamos en los pueblos y nos íbamos a cazar pájaros o culebras. Unos días había suerte y otros no; pero ir, íbamos.
Es curioso porque en aquella época no había redes sociales ni móviles para fijar sitios de encuentro y ni siquiera en las casas había teléfonos fijos que permitieran a unos y otros citarse previamente. Y sin embargo, lanecesidad de ser ciudad –y digo bien, necesidad, necesidad de ser parte de Madrid– había creado esa suerte de cónclave colectivo, de improvisado hervidero de vidas a punto de brotar. Todo era así en el Madrid de entonces, arte de magia o pura casualidad.
Nunca olvidaré dos cosas de aquel viaje iniciático. La primera, que durante todo el trayecto del suburbano estuve con la cara pegada a los cristales del vagón, fascinado de que existiera un transporte semejante en el que la gente iba de pie y sin sus padres al lado. Y la segunda, la visión de la Torre de Madrid, el gran rascacielos de la ciudad del que se hablaba incluso en los libros del colegio. ¡Mira que lo había visto en fotos y en la televisión, pero jamás imaginé que fuera tan alto! Hoy se ha quedado pequeño, pero aquel día daba pavor mirarlo desde abajo. La sola idea de imaginarme en la cornisa me estragaba el estómago.
Un viaje así, en términos simbólicos, era la forma de adquirir la “nacionalidad madrileña”. Significaba demostrar osadía para enrolarse en una aventura urbana nada menos que al centro de la capital de España, destreza para gestionar dinero con el que financiar la empresa, astucia para no perder la orientación en medio del tráfico y los edificios y, lo más importante, determinación de regresar para contarlo.
Regresar era fundamental porque el barrio quedaba a merced de los invasores si se ausentaba la pandilla. La pandilla estaba integrada por veinte, como mucho treinta chavales perfectamente organizados para hacer frente a otras pandillas que formaban los chicos de otros barrios. Y hacerles frente era algo literal, era luchar. Bandas de otros lugares, como Carabanchel, Campamento o el barrio de El Lucero, campeaban con sus jaurías de perros, con sus correas de cuero, con sus palos y navajas, en busca de algo que robar. Robaban los bocadillos de aceite con azúcar, los balones de reglamento remendados y a veces las canicas o las bicicletas. Y además, embelesaban a las chicas con su vigor y su falta de piedad. Y eso, en el contexto machista de la época, era algo intolerable.
Los problemas entre bandas se dirimían en los descampados. Los descampados eran zonas de arena o tierra que aún no habían sido construidas y donde solían arrojarse los escombros de las edificaciones que se iban llevando a cabo en el barrio. Es decir, eran zonas llenas de piedras, ladrillos, desperdicios y hierros afilados. Zonas ideales para retar a las bandas contrarias a una drea, es decir, a una batalla a pedradas.
Acudir al colegio con una brecha en la cabeza o recién vacunado de tétanos no era un signo de debilidad. Al revés, era un honor. En aquella época en que los colegios no eran mixtos y las chicas estudiaban en edificios separados de los de los chicos, lucir una herida “de guerra” era una de las pocas garantías que podía tener uno de convocar la atención admirada de las chicas. O eso creíamos, borrachos como estábamos de pubertad, rebosantes de hormonas.
Los castigos corporales eran parte del tratamiento que se aplicaba a diario en el sistema educativo de un país sometido a una sanguinaria dictadura militar. Seguramente pretendían educarnos, pero en la práctica era como si se nos domesticara. El hambre y la postguerra que habían padecido nuestros padres se había hecho visible en nuestros cuerpos, mostrándonos menos nutridos de lo que habría sido deseable y, por supuesto, embutiéndonos en cuerpos de pequeña talla y en pantalones remendados que heredábamos de nuestros primos o hermanos.
Pero Francisco Franco había llegado a un acuerdo con los norteamericanos, según se decía en los recreos, y a cambio de permitirles instalar una base aérea militar al norte de Madrid, en Torrejón de Ardoz, había logrado que un tal Marshall pusiera en marcha un plan de caridad escolar para los estudiantes. El plan era estupendo: todos los días al llegar a la escuela recibíamos un vaso de leche americana. ¡Y gratis! ¡Qué habría sido de Madrid sin esa decisiva ayuda de los Estados Unidos de Norteamérica!
El 20 de diciembre de 1973 fue un día espectacular, porque los colegios adelantaron tres días las vacaciones de Navidad. Las aulas estallaron de alegría cuando los profesores anunciaron la suspensión de las clases: “Se adelantan las vacaciones porque el país está de luto nacional”.
Era la primera vez que teníamos tanta suerte, pero no sería la última. Luto nacional. En la vida habíamos oído aquello, pero la palabra vacaciones sí, muchas veces. El caso es que esa misma mañana habían matado al presidente del Gobierno con una bomba que le hizo saltar por los aires. Por lo que supe cuando fui mayor, Luis Carrero Blanco –así se llamaba la víctima–, era el hombre designado para dar continuidad a la dictadura militar cuando le llegara la hora de la muerte al jefe de Estado de entonces, Francisco Franco, El Caudillo.
El atentado contra Carrero Blanco, perpetrado con éxito por el grupo terrorista ETA, indicaba sin duda que la estructura se tambaleaba en términos políticos. Y no sólo en las alturas del Gobierno, sino en todos los escalafones de la sociedad, incluidos los colegios.
Y me explico.
Como nunca se logró averiguar a qué lugar del mundo se había marchado mi padre a por tabaco, mi madre había tenido que ponerse a trabajar limpiando casas, escaleras y también nuestro colegio. A cambio de su trabajo en la escuela, a mis hermanos y a mí nos eximían del pago de las matrículas y de otros gastos que sí le cobraban al resto de los estudiantes.
Cuando caía la tarde y acababan las clases llegaba ella, mi madre, junto a mi tía Ascensión, y comenzaba la limpieza completa de la escuela. Mi hermano mayor y yo nos quedábamos para ayudarla, con la intención de que terminara pronto e irnos a casa cuanto antes, pues allí nos esperaba la abuela con la cena y con mis dos hermanos pequeños.
Y fue alguna de esas tardes de oscurecer prematuro del invierno madrileño cuando en el salón de actos del colegio se reunieron cientos de personas para escuchar los discursos de unos tipos que, según la televisión, eran comunistas clandestinos. Sin decir nada a mi madre fui infiltrándome en aquellas reuniones que se solían celebrar semanalmente, sin que hubiera fecha fija ni hora concreta para las convocatorias.
En aquellos cónclaves, que a la postre supe que estaban perseguidos y radicalmente prohibidos por el régimen franquista, hablaron personas hoy legendarias en la lucha por las libertades: Simón Sánchez Montero, Joaquín Ruiz-Giménez, Nicolás Sartorius, Enrique Curiel, Alfonso Carlos Comín y otros tantos demócratas –socialistas y comunistas de la clandestinidad–, que desde abajo y desde lo hondo, amparados en el apoyo logístico que les prestaban los curas que dirigían el colegio, estaban organizando una Junta Democrática que de forma pacífica pusiera fin a cuatro décadas de dictadura.
Para un niño era imposible ser consciente del papel decisivo que jugaban las reuniones, los encuentros y las asambleas clandestinas de los barrios de Madrid. Y digo barrios porque el centro de la ciudad estaba sitiado día y noche por la policía franquista; porque la lejanía de los barrios aminoraba el riesgo de chivatazos, de detenciones, de encarcelamientos y torturas. Y también porque en la necesidad de ser ciudad, los barrios creados por los inmigrantes se habían ido integrando paulatinamente al pálpito de Madrid; y porque en la España de entonces la presencia en la capital era determinante, nada existía ni era noticia si no sucedía en Madrid. La estructura radial del país, con su capital situada en el centro geográfico de España, era también una realidad social, una impronta política que nos acabaría dejando la rémora insalvable del centralismo.
Los métodos organizativos de la clandestinidad, el lenguaje de señas en algunos casos para dar protección a los activistas perseguidos, el establecimiento deliberado de varios falsos lugares de cita con el fin de confundir a la acechante policía o la obsesión por dejar garantizadas las vías de fuga antes de iniciar los cónclaves fueron lecciones decisivas que muchos años después me salvarían la vida en las tareas de periodista que a esas horas, a mis 13 ó 14 años, ya sabía que me esperaban.
El caso es que resultó que los curas que daban clases de Historia o Literatura, los de Lengua o Artes Plásticas, eran también elementos subversivos –en la terminología del régimen–, y eran simpatizantes activos de lo que entonces se llamaba la Teología de la Liberación, una forma de profesar la cristiandad que en España se conocía como el movimiento de los “curas obreros” o los “curas comunistas”. Y ahí en medio, entre crucifijos seculares y hoces y martillos con himnos republicanos, los chicos del barrio tuvimos la suerte o la mala suerte de formarnos. Sin que nuestras familias supieran, claro está, que no estaban criando humanos, sino mentes inquietas.
3.
Las voces de Violeta Parra o Víctor Jara, las flautas de Quilapayún o Inti Illimany, la Canción de las pequeñas cosas de La Negra, se incorporaron de repente a nuestros repertorios musicales, al compás de la agonía del dictador, presagiando el final inminente del franquismo. Los feroces y sucesivos golpes de Estado militares en Chile, Argentina, Bolivia, Paraguay o Uruguay desalojaron de intelectuales y activistas el cono sur latinoamericano, que emprendió exilio en París, Londres, Barcelona y también en Madrid.
Esa nueva e inmensa oleada de inmigrantes sudamericanos, una vez más con nuestra ciudad como puerta de entrada de un sur que reclamaba existir, dibujó sueños completamente nuevos en el imaginario colectivo de la ciudad. Al fin y al cabo, esa llegada de talentos inquietos e inquietantes formaba parte del histórico concepto de la libertad de ida y vuelta: la historia de la creación y las ideas en el territorio inmenso de la lengua castellana sólo es un ir y venir de refugiados políticos a lo largo de los siglos, desde España hasta América, desde América hasta España.
La llegada de latinoamericanos coincidió con el final de los estudios de Primaria y nuestro acceso al mercado laboral y al Instituto, a la enseñanza Secundaria. Por aquella época sobraba el empleo para chavales como nosotros, y eran muchos los chicos del barrio que tenían necesidad de trabajar de lo que fuera para contribuir al sostenimiento de familias que, en mi caso, se mantenían en pie gracias al esfuerzo inhumano que a diario hacía mi madre.
Las posibilidades eran muchas. Yo encontré un puesto de botones en la delegación madrileña de una multinacional financiera con sede en Nueva York, co-dirigida por un cubano exiliado, un judío sefardí y un marroquí –una combinación casual, pero simbólica del mestizaje progresivo de la ciudad–. Al mismo tiempo, y para seguir estudiando, tuve que matricularme en horario nocturno en el único centro público de enseñanza media que existía en las barriadas del sur, concretamente en Orcasitas, una de las zonas obreras más combativas y radicales de Madrid.
Por tanto, a finales de 1974 me había sumado a la legión de adolescentes que salían de casa a las seis de la mañana, cuando aún era de noche y estaban cubiertas de escarcha las aceras, y regresaban pasada la media noche, la hora a la que comenzaban las heladas. Por el día trabaja repartiendo informes bursátiles por el centro de Madrid y por la noche estudiaba en el extrarradio, en horarios creados expresamente para los que trabajan durante el día. Los alumnos de ese turno, por tanto, eran gentes que por lo general doblaban o triplicaban nuestra edad, y que en muchos casos tenían hijos a su cargo. O dicho de otra manera, para ellos éramos “los niños” de la clase. Niños que por las noches dábamos Gracias a la vida por la suerte de haber caído al lado de ellos.
De aquellos años conservo mi primer amor –una chica que nunca me hizo caso–, muchos de mis mejores recuerdos y conservo también a los que aún hoy son mis mejores amigos. Porque el Instituto era una de las muchas piezas de un motor que propulsaba un cambio que afectaba simultáneamente al destino del país y nuestra transfiguración de adolescentes.
Era evidente que teníamos que estudiar para aprobar, pero todo eso no era más que un trámite para la mayoría. En la práctica, nuestra vida en el Instituto se movía debajo de los pupitres, en la cantina y en el Parque Sur, que estaba al lado. Raro era el día que alguno de los alumnos no llevaba en fotocopias alguna de las publicaciones de izquierdas que se distribuían sorteando la onmipresente censura. Tan obligadas como las matemáticas eran las lecturas de revistas como Triunfo, Cambio16 o Cuadernos para el Diálogo, donde escribían muchos de los que poco antes habían protagonizado las asambleas en los colegios. Entre las firmas de escritores como Manuel Vázquez Montalbán o Eduardo Haro Tecglen, estaban las de exiliados latinoamericanos como Eduardo Galeano, autor de Defensa de la palabra –un fabuloso artículo cuya lectura, en enero de 1976, me convirtió definitivamente en periodista–. Además de fotocopiar y distribuir las mejores reseñas, logramos introducir y difundir, entre otros muchos textos, una excelente versión de España en el corazón, del entonces prohibidísimo poeta chileno Pablo Neruda.
Un buen día una chica de la clase, Sonsoles, llevó unas cuartillas mecanografiadas de las que enseguida hicimos fotocopias. Era un libro del poeta asturiano Emilio Sola, La soledad, los viajes, el mar y la amnistía. Sus versos aludían a todos los sueños juveniles de entonces, y también al principal obstáculo político que era imprescindible sortear para llevar a cabo en España una transición pacífica: lograr que todos los presos políticos de 40 años de franquismo quedaran definitivamente en libertad cuando la dictadura terminara. Era una lucha que estaba a diario en las calles, en las huelgas de estudiantes, en manifestaciones y protestas que eran violentamente reprimitas por la Policía. Recuerdo que durante aquellos años, prendida en el jersey, llevaba una insignia adornada de minúsculas hoces y martillos que rezaba: “Amnistía, Libertad”.
Lo interesante fue buscar al tal Emilio Sola, al autor del poemario. Aunque tardaríamos muchos años en estrechar la mano de ese autor enamorado del Magreb, las indagaciones nos condujeron a la librería El Laberinto, en la Plaza de Chueca, donde encontramos el primer libro de un escritor que pronto cambiaría también mi vida, el fabuloso poeta Julio Vélez.
Las indagaciones sobre Emilio Sola también nos llevaron a La Vaquería, que era donde se reunían las líricas almas subversivas de la época; y al café Libertad 8, también en el centro de Madrid, lugar de encuentro de la poesía y la política, del arte y las banderas, de la canción y los himnos. La búsqueda de Sola nos zambulló sin querer en los rincones de máxima agitación de la ciudad, en su cartografía más subversiva. Descubrimos así que Madrid era un ser vivo.
En esos años de Instituto el país entero se precipitó al vacío, y también nuestro Madrid, estremecido por esa masiva llegada de latinoamericanos cargados de imágenes e ideas que aquí habían estado prohibidas. Y pronto se pronunciaría el oráculo: La revolución de los claveles en Portugal, en 1974, dejó en Madrid una primavera insólita de libertad y belleza. Debería ser obligatorio que en todos los colegios del mundo se explicara cómo se llevó a cabo ese alzamiento incruento contra una dictadura militar salazarista; cómo la emisión en las radios de Grândola vila morena activó en Portugal el disposito revolucionario de las flores.
Franco murió en el otoño de 1975, poco después de que se oyera en todo el mundo aquella proscrita canción de José Alfonso. Y murió porque Dios lo quiso así, y no porque la presión de las protestas lograra echarle del poder. Hasta el último momento firmó fusilamientos de rojos y subversivos, ejecutados siempre al amanecer, en medio del levitar de la neblina de Hoyo de Manzanes, a muy pocos kilómetros de nuestro barrio. ¡Cuánto cuesta admitir que nacimos en un país donde la pena de muerte estaba a la orden del día!
Tras la muerte de Franco, el tejido político clandestino que se había creado en los colegios, fábricas e industrias del sur de la capital se acabó concretando en partidos políticos que tomaron también el centro de Madrid y que acabarían siendo decisivos en la estructuración de un nuevo país democrático. No recuerdo muy bien en qué andaba yo exactamente el día que el presidente del Gobierno compareció en televisión y entre sollozos dijo: “Españoles, Franco ha muerto”. Pero sí recuerdo que dijeron que había sido sepultado bajo una lápida de mármol de tres toneladas. ¡Tres! Y como la Naturaleza me había hecho curioso y desconfiado, la primera excursión de mi vida fue a su tumba, al Valle de los Caídos, al norte de Madrid. Quería cerciorarme de que al menos era verdad lo de la infranqueable losa.
4.
Mi viaje realmente inolvidable fue a la emergente Nicaragua, al país que había hecho una revolución fascinante mezclando a Marx con Dios.
Pero antes de esa incursión periodística a la guerra, a la que fue mi primera misión como corresponsal, Madrid se había cambiado de ropa y de peinado. Como capital de una nueva democracia, se había quitado los grilletes franquistas y había llenado de guirnaldas las plazas de Las Vistillas, Lavapiés o Malasaña; había recuperado en las calles su proscrito Carnaval, sus transgresores modales; había resucitado las tertulias del Café Viena, el Comercial, el Gijón, el Dijón, el Café de los Austrias, el del Prado; había convocado el mejor jazz en el Café Central y en el Barbieri; y cada noche reunía lo mejor del flamenco subversivo en la calle Cabeza, en Lavapiés. Esos lugares de encuentro, la mayoría hoy desaparecidos, conformaban una espontánea red de la ciudad en la que se daban cita los intelecuales con los universitarios, los cantautores con los enamorados, los editores con los artesanos de la palabra. En ellos, las conversaciones eran tan densas como el humo del tabaco.
En las primeras elecciones locales de la flamante democracia, en abril de 1979, el filósofo Enrique Tierno Galván había resultado elegido alcalde la ciudad gracias a un pacto de gobierno con el recién legalizado Partico Comunista de España. No se puede entender la contemporaneidad de esta ciudad sin una referencia al profesor Enrique Tierno.
En Tierno también coincidía Marx con una cierta espiritualidad procedente de su formación cristiana, como en el caso del poeta Ernesto Cardenal en el gobierno sandinista en Nicaragua. Se ha escrito muchas veces, aunque nunca se ha subrayado con el debido énfasis, que sin los votos que atraía el proyecto político del profesor Tierno Galván el Partido Socialista Obrero Español jamás hubiera ganado años después las elecciones parlamentarias de 1982.
Tierno era un convicto demócrata sin más ambición política que la igualdad. Impregnó de serenidad a la ciudad, un concepto francamente balsámico en un país en el que todos tenían prisa por llegar al poder. Se propuso hacer de Madrid una ciudad paseable y peatonal y derribó por decreto algunas de las obras faraónicas con las que Franco había priorizado el derecho de los vehículos sobre el derecho de los caminantes.
Gobernó Madrid en coaliación entre 1979 y 1986, a pesar de que sus mayorías absolutas le hubieran permitido gobernar sin necesidad de socios. Pero él creía en el diálogo, en la discusión, en la dialéctica, en la riqueza que aportaba la concurrencia de propuestas diferentes. Consciente de que su avanzada edad le dejaba escaso margen de maniobra, El Viejo Profesor, como se le conocía, tendió todo tipo de puentes a una generación ávida de celebrar la libertad. La famosa Movida madrileña no fue más que una de las muchas manifestaciones del apoyo institucional del ayuntamiento de Madrid a las propuestas creativas de la juventud.
Es cierto que mediáticamente fue la Movida la que colocó a Madrid en todos los mapamundis, y que hasta suecas y las rubias holandesas venían a la capital en busca de aventuras excitantes. De hecho, y equivocadamente, la Movida figura en las enciclopedias como el desencadenante de un cambio sociológico de carácter urbano, en lugar de figurar como lo que fue realmente, uno más de los síntomas. Como fue un síntoma El Destape, la posibilidad de ver en las portadas de la prensa desnudos integrales como el de la cantante Marisol o el emblemático pezón de Susana Estrada al lado del alcalde. Eran señales de la conquista de un derecho esencial, el de la libertad de expresión. Pero no dejaban de ser pequeños signos de progreso en una ciudad que aún recelaba del sindicalismo y la homosexualidad y en la que las mujeres seguían sin poder abortar y tenían que volar clandestinamente a las clínicas de Ámsterdam o Londres.
En términos de los latidos internos de la ciudad, en el termómetro que marca las temperaturas vitales de cualquier comunidad o vecindario, la Movida no fue más que una anécdota, el escaparate de la capital de un país que entraba en el selecto club de la Unión Europea. El verdadero cambio no fueron las canciones ni las fiestas trasnochadas, y tampoco la narrativa casi dadaísta y a veces delirante de muchos de sus iconos públicos. El verdadero cambio fue que los votos de 1979 y los de 1983 habían entregado el gobierno de Madrid y de otras grandes ciudades a las fuerzas de izquierda, a hombres y mujeres que durante décadas se habían jugado la vida por emerger de la invisibilidad.
Y aún hay más sobre la magnitud del cambio que se había producido más allá de la Movida. Los sufragios de Madrid probaban las viejas insinuaciones de Hegel de que antes o después el poder universal sería ejercido desde el municipalismo, desde los micropoderes que luego formularía Foucault. La prueba es que cada vez que la izquierda se hizo democráticamente con el ayuntamiento de Madrid –en 1979 y 1983–, los votos de las consiguientes elecciones parlamentarias también entregaron a la izquierda el gobierno de España –1982 y 1986.
Poco antes de la muerte del profesor Tierno Galván, de ese hombre amante de los diálogos, tuve la oportunidad de entrevistarle. Me dijo aquella legendaria frase que se convirtió en eslogan: “Soy marxista por la gracia de Dios”. Y me dijo otra de alcance intemporal y filosófico a la que mi cabeza sigue dándole vueltas sin acabar de comprenderla bien: “La igualdad es previa a la libertad”.
5.
Los poderes fácticos parecían resistirse a esos modales subversivos representados en las diferentes movidas que se vivían en Madrid y otras ciudades españolas. Aprovecharon entonces la crisis económica mundial –la iniciada en los años 1985-87, que en España se tradujo en cifras de desempleo alarmantes–, para llevar a cabo una intervención ilícita y descomunal con la que desmovilizar políticamente a la juventud: promover el tráfico de drogas.
En 1981, cansado de repartir informes financieros por Madrid, me despedí de la empresa para la que había trabajado desde que era un chaval. Aunque mi jefe sefardí trató de persuadirme para enviarme a estudiar a Nueva York y convertirme en agente bursátil, opté por dedicarme plenamente al periodismo.
En esa época ya me había desvirgado como articulista en el vespertino Informaciones –“Ya eres un periodista de pantalón largo”, me dijo Eduardo Galeano cuando leyó mi primera colaboración– y llevaba algún tiempo haciendo horas nocturnas y en los fines de semana en el diario El País. Era un empleo fascinante, de lo mejor que he tenido. Pero por la dedicación que requería el periódico y por la absurda costumbre que han tenido siempre las noticias de producirse a cualquier hora, me resultaba imposible compatibilizarlo con los horarios rígidos de mi trabajo matutino en la empresa financiera.
Claude Benzaquen, mi jefe sefardí, fue un gran hombre. Algún día se hablará de él. Cuando vio que era imposible hacerme cambiar de opinión, sacó un cheque de su cartera, lo llenó de cifras y me dijo: “Este dinero no es un regalo; es una inversión para que seas un buen periodista”.
Desde ese día, nunca dejé que alguien me volviera a decir lo que tenía que hacer. Desde ese día, impuse como axioma vital el estribillo de una ranchera legendaria: “Con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero”.
Parte de ese dinero fue destinado a una nueva cámara de fotos y a una lavadora automática para mi madre. Otra parte sirvió para comprar equipos técnicos para montar Radio Negra, una emisora pirata para Aluche con la que se completaba en Madrid una red de radios libres, de emisoras activistas, independientes y autogestionarias. Con el dinero restante compré el 50% de un bar de copas del barrio, el Aguamarina.
Con diferencia, el Aguamarina era el lugar más moderno y atractivo de la zona, y también el más caro. De hecho era el único lugar vanguardista en varios kilómetros a la redonda. Ganaba dinerales vendiendo cervezas y gin-tonics. Mi socio se ocupaba de la música y todas las noches sonaba lo mejor de la Movida: Kaka de Luxe, Los Ilegales, Golpes Bajos, Los Secretos, Radio Futura, Nacha Pop… ¡Era increíble! Por supuesto que se podía fumar hachís o marihuana, como en todo Madrid, pero nunca dentro del local.
Una noche, cuando cerramos al público, vimos gotas de sangre en las baldosas del cuarto de baño. No tenían pinta de formar parte del rastro de ninguna menstruación. En la cisterna del váter flotaban tres jeringuillas hipodérmicas con la que alguien se había estado inyectando cocaína o heroína. Era evidente que esa huella de la muerte era la factura que alguien estaba girando a ese Madrid de libertades incipientes. Al día siguiente pusimos a la venta el bar.
Años después, como periodista, investigué a fondo a quienes dejaron aquella marca en los lavabos del Aguamarina. Eran policías y guardias a las órdenes de las rémoras fascistas que aún quedaban en las estructuras de la Seguridad del Estado. Podridos políticos y militares franquistas que se resistian al viento de los nuevos tiempos. Lo hicieron en el Madrid del recién fallecido Enrique Tierno Galván, llenaron los barrios de drogas, pero también lo hicieron en Valencia, en Sevilla, en Barcelona, y anteriormente lo habían hecho en Bilbao, Vitoria y San Sebastián.
Sí, el experimento lo habían iniciado con éxito en Euskadi, para convertir en dependientes de la jeringuilla a miles de jóvenes nacionalistas muy politizados que aún simpatizaban o apoyaban las acciones terroristas de ETA. En su día publiqué en los periódicos –y no fui el único– las pruebas de cómo altos mandos de la Guardia Civil introducían las drogas en Bilbao en camiones oficiales; publicamos también los nombres y apellidos de los que distribuían la heroína en las grandes ciudades y desviaban los beneficios para financiar acciones paramilitares antiterroristas, es decir, para financiar los Grupos Antiterroristas de Liberación, los GAL. Es cierto que algunos de ellos fueron a la cárcel después de haber exterminado a millares de chavales, pero en términos absolutos se podría decir que aquel crimen masivo quedó impune.
En Aluche, algunos de los amigos resultaron irreversiblemente heridos por la droga, y en otros casos la relación se selló en sus funerales. Pero los verdaderos estragos se produjeron en el nivel que estaba cinco años por debajo de mi edad. Mis dos hermanos pequeños se quedaron al borde mismo de la chuta, y prácticamente sin amigos: los que no fueron a la cárcel fueron directamente a la tumba. Ellos lograron zafarse milagrosamente de la mierda, pero no del desempleo, del puntillazo estructural con el que el sistema aniquiló hasta hoy en día los horizontes profesionales de la juventud.
Si Aluche había sido metafóricamente uno de los músculos de un ser vivo gigantesco que se llamaba ciudad, al comenzar la década de los 90 se había convertido en el paradigma de los daños colaterales de la incipiente globalización. Las drogas y el desempleo, con el apoyo de aquel inesperado aliado que se llamaba SIDA, modificaron por completo la morfología de Aluche y de toda la ciudad. Los robos en las viviendas, los atracos en los parques, los timos por teléfono, las violaciones en los ascensores, las reyertas suburbanas entre los traficantes… El galopante y criminal desempleo juvenil y el tsunami de las drogas dejaron ajado el barrio, repleto de heridas abiertas. Habría que esperar toda una década y llegar hasta el presente milenio para ver cómo Madrid recuperaba su respiración moribunda.
6.
Durante los años de sombra, y también durante más tres lustros desde el inicio del siglo XXI, Madrid estuvo en manos de sucesivos gobiernos de una derecha cada vez más rancia y cada vez más empeñada en vaporizar cualquier manifestación cultural de la ciudad que viniera desde abajo.
La derecha no se anduvo con remilgos y aplicó medidas de excepción contra la diversidad cultural, de tal modo que la única oferta que prevaleciera fuera la promovida y subvencionada por las instituciones locales, con el ayuntamiento a la cabeza. Así, para axfisiar el teatro independiente, para extrangular el cine no comercial o la música que escapaba al control de las grandes discográficas, la derecha decretó que la cultura se grabara con los mismos impuestos que se aplicaban a cualquier artículo de lujo.
De estar considerado fiscalmente como un bien de primer orden, lo cultural pasó a estar equiparado en términos fiscales a la compra de un yate o un Ferrari o a la adquisición de un apartamento en primera línea de playa. Tanto es así, y tan fabulosa ha sido siempre la imaginación urbana de Madrid, que para evitarle al público el pago del exceso de impuestos algunos grupos de teatro independiente dejaron de cobrar por sus representaciones. No ofrecían un espectáculo de pago. En su lugar vendían una revista pornográfica al precio que costaría la función y al comprador le regalaban una entrada al teatro. Porque los impuestos de la pornografía eran (y son) del 4%, igual que la leche, el aceite o el pan. Y el teatro, como el resto de las actividades culturales, estaba grabado con el 21%.
Así empezó en la capital el siglo en el que cayeron las Torres Gemelas de Manhattan. Actores, artistas y cineastas, indignados por las medidas fiscales contra la cultura, pasaron a formar parte indisoluble de las plataformas ciudadanas que surgieron en Madrid contra la participación de España en las guerras contra Irak y Afganistán. Si bien se trataba de un operativo que involucraba el carácter pacifista de casi todo el país, lo cierto es que Madrid, una vez más, se convertía en la plataforma de las principales manifestaciones de protesta y en el megáfono más eficaz contra una política de Estado que había decidido ignorar las voces de la calle.
Sería mezquino decir que la derecha no hizo nada por Madrid. El ex alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, emblema del nacional-catolicismo de la derecha neo franquista, se distinguió en su mandato por haber llevado a cabo las más faraónicas remodelaciones urbanísticas de la ciudad. Su gran obra, el soterramiento de la autovía de circunvalación a la ciudad, logró que emergiera a la superficie el río de la capital, el Manzanares, que llevaba décadas sepultado bajo el asfalto y la basura.
Gallardón también hizo peatonales algunas de las zonas más bonitas de lo que se conoce como la almendra de Madrid, esto es, los barrios clásicos y de mayor solera del centro histórico de la ciudad. Gran parte de las calles adyacentes a la Puerta del Sol, el eje de la capital, quedaron prohibidas al tráfico y a disposición de los viandantes. Y otros barrios castizos como Malasaña, Lavapiés o Chueca, que estaban al borde del derribo, experimentaron una metamorfosis urbanística que los convirtió en los más cotizados del centro de la ciudad.
Sin el paso de la derecha por las instituciones madrileñas –un tránsito probablemente excesivo en el tiempo y salpicado de nepotismo en la designación de los sucesivos mandatarios– seguramente la ciudad no habría tenido nunca el empaque que hoy tiene, por usar un término taurino con el que se califica la maestría en la faena de un torero. Es decir, sin la derecha el río Manzanares continuaría sepultado y sin agua, el centro de la ciudad seguiría sin límites urbanísticos precisos, las zonas verdes aún estarían pendientes de convertirse en demarcaciones protegidas y la corrupción institucional no habría llegado a ser un modelo de gobernabilidad local que hoy se estudia en las universidades de todo el mundo y que sirve de pervertido modelo a una inmensa mayoría de países emergentes. Ya quisieran ayuntamientos controvertidos, como el de Moscú o el de Caracas, haberse corrompido al menos la mitad de lo que llegó a pudrirse en sólo 25 años de gobierno de la derecha el ayuntamiento en Madrid.
Al sistema de saqueo se le llamó oficialmente “externalización de los servicios públicos”, y llegaría a su punto álgido a partir de 2009, con las tentativas sucesivas de privatizar incluso la gestión de derechos fundamentales, como la educación o la salud. La obsesión por transtocar en rentable lo que por definición debe ser deficitario, como el transporte público local, alcanzó extremos de paroximo cuando se decidió que hasta los nombres de estaciones históricas del metro fueran patrocinados por marcas comerciales. Desde luego, los de la derecha no imaginaban que el 15-M, la masiva protesta de indignados iniciada aquel 15 de mayo de 2011, establecería su torre de control precisamente de esa Puerta del Sol que ellos habían rebautizado como Vodafone-Sol.
Pero si la última década del siglo XX fue fatal para la economía en España y sombría para la cultura madrileña, para América Latina se convirtió literalmente una década perdida. Cientos de miles de andinos extrangulados por la miseria atravesaron el Atlántico sin billete de vuelta para adentrarse en esa gran Puerta del Sur que era Madrid del segundo milenio. Lo mismo ocurrió con millares de magrebíes y subsaharianos que aventuraron sus vidas para escapar de África en pateras miserables a través del Estrecho de Gibraltar. Llegaron también los chinos y los paquistaníes, huyendo de sus miserias respectivas. Hasta las universitarias rusas llegaron a la capital, espantadas por el caos provocado por la caída de la Unión Soviética. Y así fue como el barrio madrileño de Lavapiés se convirtió en lo que es hoy, el enclave multirracial y multiconfesional del sur de Europa.
El devenir multiétnico de Lavapiés es hoy uno de los bienes más preciados de la cartografía de la ciudad, y probablemente de toda Europa. La inmigración subsahariana, por ejemplo, vive agrupada en una de las zonas de ese barrio, con sus propias tiendas y comercios, con sus lugares de oración, con sus vestuarios estampados y con sus fiestas locales. A la plaza en torno a la cual se fueron asentado le cambiaron de nombre. Hoy está rebautizada como la Plaza de Nelson Mandela, que es como la conoce todo el mundo, aunque ese nombre no figure todavía en los callejeros oficiales. El restaurante más popular de la plaza, donde se come pescado con arroz al estilo de Saint Louis de Senegal, se llama lógicamente Baobab.
También las comunidades magrebíes habitan otra amplia zona de ese barrio, el único donde se pueden encontrar piezas de carne con los cortes de carnicería que respetan las tradiciones musulmanas, el único donde se guarda el Ramadán y el único también donde pueden encontrarse los dulces árabes tradicionales embadurnados de miel y frutos secos.
Los latinoamericanos, la mayoría humildes campesinos de Bolivia, Perú, Paraguay o Ecuador, lograron estar presentes en casi la totalidad de los barrios periféricos de la ciudad. No eran aquellos intelectuales de los años ochenta que huían de las dictaduras militares del Cono Sur. Estos eran gentes humildes. Llegaron a Madrid ilegalmente para ser amas de casa, cuidadoras de niños o de ancianos, y poco a poco fueron trayendo de América al resto de sus familiares y logrando derechos de ciudadanía completos. Aún así, y como siempre ocurre con la inmigración, tendieron a hacer propias algunas zonas de la ciudad, como el llamado Caribe de Cuatro Caminos, al norte de Madrid. El barrio de Usera, conocido ahora como Chinatown, es la zona predilecta de los asiáticos. Los eslavos, por su parte, prefirieron el centro de la ciudad, el barrio de Atocha.
Todo ese lento pero inexorable remozamiento de la habitabilidad, unido al impulso subversivo provocado por el movimiento de indignados del 15-M, ha venido trazando un secreto mapa de insurgencia en la ciudad que se ha materializado en los últimos años en obras populares dignas de un hueco en los libros de Historia. Así, por ejemplo, la combinación de dar cobertura a las necesidades básicas de la población con la protesta inexorable y espontánea de los movimientos ciudadanos dieron lugar, en los momentos más duros de la crisis económica, a redes de comedores sociales para alimentar a niños y mayores a los que la crisis había arrojado a la cuneta.
Del mismo modo surgieron iniciativas culturales y educativas que aún perviven y que han funcionado de forma autogestionaria, a pesar de la represión de la derecha. Es el caso del edificio de Tabacalera, en el centro de Madrid, un inmueble abandonado que fue ocupado por jóvenes madrileños y en el que se organizan conferencias, muestras de arte, sesiones de cine y teatro, clases gratuitas de todo tipo (desde informática hasta baile), y huertos sociales donde cada uno cultiva lo que piensa comer. Y es el caso del Mercado de la Cebada, en Latina, un solar también abandonado que se ha convertido en hervidero de actividades culturales y sociales y en Universidad Popular, donde prestigiosos profesores imparten gratuitamente clases magnas sobre las nuevas relaciones de producción en el Planeta Global, sobre estrategias políticas para el derrocamiento de los poderes establecidos o sobre la educación del lenguaje, para evitar los machismos inherentes heredados.
Ése ha sido el verdadero legado de los 25 años del mandato de la derecha en la ciudad. Pretendieron neutralizar la urbe, convertirla en cartón piedra, y no entendieron que Madrid era ser vivo, con una capacidad de regeneración subversiva inaudita, capaz de alimentarse incluso de basura que le daba la derecha. Quisieron tapar las madrigueras para exterminar las ratas y se han encontrado la ciudad repleta de roedores que se han infiltrado incluso en lo más alto de las instituciones. La nueva alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, sólo es un catalizador solemne, histórico y también filosófico de la conjunción de todas esas energías. Un catalizador que ha hecho huir a la derecha con el rabo entre las piernas. Una abuela tan implacable como amable, y sobre todo justa.
* Miguel Ángel Nieto (1960-2025) fue cofundador de la tercera época de La Pluma. Representante de un periodismo en vías de extinción: libre, independiente, ansioso en el mejor de los sentidos. Nos dejó como n rayo hace unos meses. Va este inédito en su memoria. Agradecemos a su familia, sobre todo a sus cuatro hijos: Pablo, Alex, Cata y Benjamín que nos permitan reproducirlo. Para más información véase el trabajo que le dedicamos: https://revistalapluma.com/lapluma_articulos/miguel-angel-nieto-ansia-de-mundo/
Este proyecto de recuperación de las dos primeras épocas de la Revista La Pluma (1920-1923, 1980-1982) ha sido posible gracias a la Subvención de concurrencia competitiva actividades Memoria Democrática en su convocatoria del año 2021 ("La Pluma, tercera época", 043-MD-2021).