Rocío Pérez-Gironda*
Los nuevos avances siempre crean reticencias entre las personas, por lo que no es de extrañar que la irrupción de la IA en el mundo haya dado tanto que hablar, ocasionando posturas a favor, pero también muchas en contra. Todo dependerá desde el punto de vista desde el que se escoja mirar este nuevo desarrollo, si como una herramienta, una que nos permita un acceso rápido a la información o a diferente documentación con un procesamiento más rápido; o como un problema, que nos aleje de los lugares que son considerados como la cuna del saber y que aceptemos sin ningún tipo de cribado todo lo que nos cuentan, ya sea real o inventado.
La necesidad de tener información, de transmitirla y de acceder a ella ha ido cambiando con los años, progresando según iba evolucionando el hombre para que fuera un proceso sencillo y eficiente. Para poder conseguirlo y llevar a cabo este cometido, se crean medios que facilitan el acercamiento a los datos para aquellos que se planteaban dudas o cuestiones sobre cualquier tema. Ya en el siglo xv apareció un gran avance, dándose un primer paso importante para que el conocimiento llegara a más personas, la creación de la imprenta por el alemán Johannes Gutenberg. Gracias a esta innovación se acercó el saber y la literatura a muchas más personas, generando documentos que eran considerados como una base importante del conocimiento del mundo que acabarían guardados en bibliotecas o archivos.
Por este motivo, y con el paso del tiempo, cuando se necesitaba realizar una consulta, se acudía a los libros y a las bibliotecas para buscar la información necesaria. Bibliotecas plagadas de textos con diversos temas, más o menos específicos y realizados por referentes dentro de la sabiduría, se convirtieron en el recurso perfecto para poder alcanzar conocimientos que muchas veces no se ofrecía en las escuelas y acababan siendo preguntas realizadas a los padres al llegar a casa. Espacios usados para buscar datos que serían empleados en los múltiples ensayos o trabajos que debían elaborar los estudiantes universitarios; e, incluso, por personas que buscaban conocimientos triviales solo por el simple hecho de conocer el entorno que les rodea. Pero esto no quedaría así, se da un paso más, creándose ediciones más condensadas formadas por múltiples volúmenes. Estas obras son las enciclopedias que pasarían a adornar estanterías en los salones de las casas, ejemplares que en ocasiones solo acumulaban polvo y apenas eran consultados. Todos estos elementos eran considerados una fuente indiscutible de conocimiento, no había grandes cuestionamientos sobre lo que aparecía en esos libros, aunque sí ejercíamos cierto cribado en cuanto a los temas que nos interesaban. Se convirtió en un elemento tangible del conocimiento al que se podía acceder ya fuera desde la comodidad de una casa o haciéndose el carné de la biblioteca.
No obstante, como siempre ocurre, el hombre no se quedará con esto, sino que seguiría buscando la manera de dar un nuevo paso, que será posible gracias a los nuevos avances tecnológicos, con ordenadores que fueron reduciendo su tamaño hasta que prácticamente todo el mundo pudiera tener su pequeña fuente directa con el saber. Internet y los buscadores dieron paso a un nuevo acceso a la información, mucho más amplio y rápido, ya que no había una verdadera necesidad de salir a recorrer bibliotecas en busca de un libro en concreto y no había que comprar enciclopedias carísimas que ocupaban un espacio valioso dentro de los hogares. Todo el conocimiento pasa a estar a un simple clic de distancia.
Desde que, en 1998, Google irrumpiera en nuestras vidas, la percepción en cuanto al acceso a la información sufrió un nuevo cambio. Un «buscador» que nos permitía hacer todas esas indagaciones a través de un único lugar, que nos devolvía múltiples resultados para que buscáramos aquello que mejor se adaptaba a nuestras necesidades y de esta manera seleccionar el conocimiento deseado como ya se hacía en la biblioteca al elegir un libro. Incluso, con el propio desarrollo de los diferentes dispositivos, se ha podido llegar a escanear y digitalizar muchas de las obras que están de forma física en las bibliotecas y archivos, dando una mayor rapidez y fluidez al acceso a los datos o documentos en las investigaciones. Se creaba así una «macrobiblioteca» donde todo parecía estar reunido y a la que podíamos, y podemos, acceder prácticamente sin restricciones. Sin duda, un avance que además de conseguir acceder a la información crea nuevo conocimiento de manera mucho más rápida que antes. Pero no todo es positivo, porque si en muchas ocasiones no se ponía objeciones a lo que aparecía reflejado en las obras de consulta, de igual manera tampoco se ponían trabas a lo que aparecía registrado en páginas aleatorias que ofrecía como resultado «viable» la búsqueda en Google.
Sin embargo, no nos hemos quedado ahí y se ha dado un paso más en este camino que acerca el acceso a la información a los seres humanos. Con la creación de la Inteligencia Artificial y el posterior desarrollo de aplicaciones como ChatGPT o Copilot, de los asistentes virtuales como Alexa o Siri se ha hecho que el acceso sea aún más rápido y sencillo. Incluso han aparecido nuevos proyectos, como el proyecto LEIA de la Real Academia Española, que busca que las máquinas comprendan mejor la lengua española y la transmitan de forma correcta para crear respuestas más acordes a las solicitudes planteadas. Estos sistemas evolucionan para facilitar la vida de las personas, siendo un paso más a esas búsquedas en Google.
Su uso es muy sencillo ya que a través de preguntas o prompt, ya sean escritas o mediante órdenes de voz, se dan pequeñas instrucciones a la Inteligencia Artificial para obtener el resultado deseado. A esto se suma que este tipo de sistemas siempre acaban con frases que incitan a que sigas preguntando para ir especificando más las soluciones propuestas. Esto nos puede ayudar en la investigación, no solo en las ramas más tecnologías, sino también en las humanísticas, e incluso en las tareas más cotidianas como crear un menú semanal y que te genere una lista de la compra con todo lo necesario solamente diciéndole tus gustos o, incluso, intolerancias o alergias. Gracias a ella se pueden crear resúmenes de artículos para los que no tenemos tiempo de leer en profundidad y saber si nos sirven o no; nos ayuda con información general de diversos temas; o nos ayuda a adaptar textos o catalogarlos con diversos fines. Es cierto que, aunque nos facilite en muchos aspectos, no podemos olvidar que sigue fallando, que no es una máquina perfecta ya que no deja de estar alimentada por el hombre imperfecto. Además de que no podemos obtener absolutamente todas las respuestas, como tampoco podíamos en los anteriores pasos, y faltará el toque «humano» que aportan los sentimientos; por ello, siempre deberemos comprobar los resultados, separar lo que es real de lo que no y comprender que estamos ante una máquina cuyas respuestas se basarán en un conjunto de datos. Nos da una rapidez «mental» para poder cotejar muchas fuentes de información y poder así crear conocimiento.
Como podemos observar, la búsqueda de información y la transmisión de esta ha ido avanzando con el paso del tiempo, desde el invento alemán del siglo xv hasta la aparición de la IA durante estos últimos años a través de distintas aplicaciones como, por ejemplo, ChatGPT, han sido herramientas usadas por los investigadores para acceder a los datos y por las personas de a pie que tienen dudas en los diversos aspectos de su vida. No obstante, para todas ellas hay que tener en cuenta que debemos llevar a cabo una labor de filtración, un cotejo de datos, y que no debemos quedarnos con aquello que primero aparece en nuestra pantalla del móvil u ordenador o el primer libro que encontremos en una biblioteca.
No podemos negar que estamos ante un nuevo cambio, un nuevo paso en cuanto a la búsqueda insaciable por saber. Si antes escuchábamos frases como «lo he visto en Google» o «seguro que Google tiene la respuesta», ahora hemos pasado a «me lo ha dicho ChatGPT» o «voy a preguntarle a ChatGPT», ya que estas nuevas herramientas se han convertido en el motor de búsqueda para cualquier tipo de cuestión. Aun así, siempre debemos ser conscientes de que no todo es verídico, de que son herramientas útiles que nos facilitan las cosas, pero que no deben ser el único recurso y que no debemos creernos todo lo que nos dicen.
* Rocío Pérez-Gironda es doctora en Estudios Hispánicos en la UAM, donde investiga la figura de Teresa de Jesús en relación con el demonio y la Inquisición. Ha trabajado como lexicógrafa redactora en el Diccionario histórico de la lengua española (RAE) y participa en proyectos y congresos sobre espiritualidad