Jesús R. Velasco*
New York
Parece que haya pasado un milenio desde el mes de noviembre de 2016. He tenido que consultar el calendario para darme cuenta de que hace solamente ocho años desde entonces. Mi instrumento de medida más fiable es un hijo (tengo otra, que también tiene su historia, para otro momento) que en el día al que me refiero levantaba unos pocos centímetros del suelo, pues le faltaba algo así como dos meses para cumplir el año. El ocho de noviembre era un martes, y, como sin duda sucede con otros martes a lo largo del año, lucía el sol. También era un día de fiesta para mí: en mi trabajo de entonces, teníamos puente que incluía el lunes antes del día de elecciones y el día de las elecciones propiamente dicho (que siempre cae en martes). Parecen muchos detalles inútiles. Pero todavía hay más detalles que parecen inútiles. Inútiles para según quién, porque por ejemplo para mí son muy útiles: me sirven para explicar el estado de ánimo en que me encontraba ese día, que recuerdo muy bien. Mi compañera no tenía la misma suerte que yo, y se fue en tren a su propio trabajo. Por lo que a mí respecta, me fui a votar pronto. Mi colegio electoral estaba en un sitio en que, un cuatro de abril de 1967 (que cayó en martes), Martin Luther King, Jr pronunció el discurso conocido como Es hora de romper este silencio. El discurso era una emocionante llamada a acabar con la guerra de Vietnam. Un año después, el cuatro de abril de 1968, que sorprendentemente era jueves, moría asesinado en Memphis mientras estaba tranquilamente acodado en un balcón, posiblemente disfrutando de las últimas luces de la primavera de Tennessee. Todo esto se ve que estaba dentro de una magdalena. Simplemente porque fui a votar pronto a ese sitio, donde vi a algunos amigos, charlé con ellos, y sentí la desazón en sus gestos y palabras. Final del primer párrafo, por fin.
Luego, mi hijo y yo nos fuimos a pasar el día por ahí. Él en su carrito de color amarillo, y yo a los mandos del mismo. Fuimos visitando uno por uno todos los parques para niños en Riverside Park, hasta llegar a la calle 79, donde ya empezaba a caer la tarde sobre el Hudson. Lo habíamos pasado muy bien, o al menos yo lo había pasado muy bien, él solo se reía, comía y, de vez en cuando, dormitaba en su (la verdad, muy cómodo) carrito. Quizá pensé en que habría sido bueno tener un carrito para mí mismo. ¿Lo habría manejado él? Como me dijo una vez, “no te preocupes, papá, porque cuando yo sea grande y tú seas un bebé, yo te cambiaré los pañales”, y le dije “te tomo la palabra.” De vez en cuando se lo recuerdo.
Saliendo de ese parque fuimos al este hacia Broadway y tomamos la avenida en dirección norte para ir de vuelta hacia nuestros penates. Yo quería parar primero en nuestro supermercado habitual, para comprar unas cosillas de comer. Íbamos a ir (mi compañera y yo, el pequeño se quedaría con su cuidadora) a casa de una amiga, donde nos proponíamos seguir los detalles del escrutinio electoral. En el supermercado, todas las cajeras conocían a mi pequeño. Unas en francés y otras en español le llamaron por su nombre y le cubrieron de halagos, hasta que otra señora (apaisada, como habría dicho mi madre, que era una santa) vestida con las galas del trumpismo dijo “tienen que hablar inglés”. No lo dijo así, pero soy incapaz de reproducir el tono con el que lo hizo. No fue un tono amable. No se trataba de un buen pronóstico, y más o menos a las diez de la noche de ese día, más de doce horas después de haber votado, la realidad cayó sobre nuestras frentes con el peso de un Alpe.
Pero todo esto no es más que el prólogo. Llevo escritas más de setecientas palabras y estoy en el prólogo. Esto es un desastre. Y tengo un montón de cosas que hacer, no crean que no; tengo un trabajo de verdad al que debería dedicarme. Bueno, un trabajo de verdad… a lo mejor exagero.
Cuando no estaba en el trabajo, pasaba mucho tiempo vagando por la ciudad. No siempre iba perfectamente concentrado en las cosas que deberían haber captado mi atención. El 23 de noviembre, un miércoles más o menos cálido para lo que es mediados de otoño, tuve que tomar el metro para ir a Union Square, a visitar a mi oftalmólogo. Notaba que necesitaba un ajuste en mis gafas, y considerando mi aún reciente entrada en la cincuentena, me dije que este era el momento más adecuado. Tomé la salida que estaba más a mano, y creo que fue la que da a la calle 16, por la esquina noroeste de la plaza. Luego atravesé la plaza describiendo una hipotenusa, porque las consultas médicas están más bien en la esquina suroriental. Fui, me hice ver, me dieron una receta, me dieron gotas, me dijeron esto es normal, me señalaron que la edad, y todo eso. No recuerdo ni la cara de la persona que me atendió. Y esta persona tampoco recordaba la mía ni siquiera cuando me tenía delante. Todo de acuerdo con el orden de las cosas.
Al salir no quise ni pasearme por la plaza, ni ver los puestos de libros, ni el mercado de los granjeros, ni las mesas de ajedrez, ni los grupitos de música, ni la gente sentada en los bancos. Nada llamaba mi atención, pues me sentía ausente desde unos días atrás. Entre el ocho de noviembre y el veintitrés de noviembre habíamos participado ya en unas cuantas manifestaciones, pero se notaba un cierto grado de desesperación en el ambiente. Un amigo decía, pero no te preocupes, hombre, nosotros vivimos en Nueva York, y yo pensaba para mí que eso también era muy mala señal. Así que decidí entrar de nuevo en el metro, esta vez por la entrada que tenía más cerca, en la esquina sureste de la plaza.
Al bajar a los pasillos me quedé algo perplejo. Es una sensación normal cuando se entra al metro de Union Square, porque hay mil caminos y pasillos que se entrecruzan, y es fácil perderse, o ir a parar a una línea de metro que no es la que se necesita. Se puede acabar en Queens o en Brooklyn, lo cual no es exactamente una tragedia, pero seguramente innecesario cuando lo que de verdad se pretende es ir hacia Morningside Heights, en Manhattan. Pero no fueron los pasillos los que me dejaron perplejos.
O sí. De hecho fueron los pasillos. El laberinto de un sistema de metro que por momentos se cae a pedazos. Es un misterio saber cómo sobrevive. Creo que el otro día el New York Times publicaba un artículo de opinión preguntándose si en algún momento sería posible acabar con el estado de catástrofe del sistema. Yo, que también tengo una opinión, lo pongo en duda.
Durante los días anteriores a ese momento crítico a la salida del oculista, la gente se había ido concentrando a lo largo de estos pasillos, y habían ido creando un mosaico hecho de Post-Its. No fue exactamente espontáneo. La idea le corresponde a Matthew Chavez, un artista travieso, que imaginó todo esto como una terapia. De hecho, la obra se titulaba “Subway Therapy”, o terapia del metro (o subterránea, que también tiene su miga), y cualquiera puede entrar en el sitio web (y sus legítimas formas de monetización) en www.subwaytherapy.com. Chavez concibió su obra como una obra de arte participativa, bajo el lema “Comunidad. Inclusión. Expresión pacífica.”
Más de mil palabras en lo que va de artículo. La cosa está que arde y apenas he entrado en la estación de metro. Pero entraré, y tomaré fotografías, y pensaré en ellas, y tiraré la inmensa mayoría de aquellas fotos a la basura, y rescataré solo unas pocas, y las liberaré casi siempre de la tiranía del color, y las convertiré en lo que creo que es la fotografía: un arte bien abstracto, poético, antinómico de la narrativa, dominado por la ficción del plano rectangular y las imperfecciones de mis ojos y mis lentes.
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Puede que me resulte imposible observar la política, el derecho y la cultura contemporáneas fuera de los conceptos que he ido leyendo en textos medievales a lo largo de los años. No creo que esto sea una virtud, ni un pecado. Del mismo modo, cada vez que quiero mira físicamente todas esas cosas utilizo con frecuencia mi cámara, en lugar de mis ojos desnudos. Me temo que si solo lo confío a mis ojos, lo olvidaré, y que algo que considero importante desaparecerá para siempre de mi existencia. Odio esta sensación, tanto que una vez escribí y publiqué un libro sobre unas cuantas fotos que no había tomado, con la esperanza de que escribir esas fotos con tinta, en lugar de con luz, me proporcionara una sensación de paz.
Escribir con tinta es siempre motivo de profunda preocupación. Pregúntenle a San Pablo al respecto, y él les recordará una carta que escribió a los corintios (la segunda, y es posible que nunca haya recibido respuesta a ninguna de las dos cartas, ni a la primera ni a la segunda), en la que les hace notar que la carta que están viendo no debe confundirse con una carta escrita con tinta (melani), ya que había sido escrita con el espíritu viviente de dios (pneumati theou zoontos); no había sido escrita en tablillas de arcilla (en plaxis lithinais), sino en las tablillas del corazón carnal (en plaxis kardias sarkinais).
Hacer fotos es como escribir con tinta sobre papel, negro sobre blanco. No hay nada, hay blanco, blanco absoluto, y luego hay tonos de gris que se superponen a esa hoja de blanco, esa tabula rasa, y que comienzan a significar algo abstracto para mí, algo que sé que quiero transmitir, pero que no sabría cómo transmitir con palabras. Así, traducir una forma de escribir (con luz) a otra forma de escribir (con tinta), es recorrer una vía que va directa al fracaso. Quizá las imágenes en blanco y negro, por ser un tropo arcaico —y, por tanto, totalmente de moda—, son solo una forma de hacer el fracaso menos doloroso, un poco más llevadero.
Al igual que la tinta, el blanco y negro elimina capas de verdad de la sorprendente relación que uno mantiene con el mundo que le rodea, y tal vez esta eliminación sea de hecho una forma de anestesiarse a uno mismo: demasiada verdad es dolorosa, y en lugar de registrarla, uno necesita borrarla, apartarla con cualquier medio a su alcance.
Todo esto quiere decir que, independientemente de las muchas formas en que puedo construir un archivo a mi alrededor —porque soy hijo de una cultura en la que la memoria es un concepto archivístico—, me parece que cuanto más archivo, más formas encuentro de desintegrar el archivo. Podría utilizar aquí un concepto que he heredado del derecho de Justiniano, de las Novellae 73: todo lo que hago es una imitatio veritatis, que es como Justiniano define la falsitas o falsificación. Ahora, imitatio, aquí, como sabría cualquier latinista (mejor que yo, ya que no soy latinista) significa tanto un intento de reproducir algo como un intento de luchar contra ese mismo algo: en otras palabras, imitar la verdad significa luchar contra la verdad tratando de reproducir sus reglas de existencia.
Mi verdad de archivo transmite esta lucha: escribir, pero lentamente, con pluma estilográfica y tinta, de forma desordenada, caótica; tomar fotografías, pero luego eliminar los colores, traducirlos en gama tonal; organizar, pero de manera que no haya otro orden que el propio capricho; coleccionar, pero destruir. Esto es lo que es la imitatio veritatis: ser testigo (es decir, ser mártir) de un acontecimiento y luego contemplarlo, meditarlo, para convertirlo en algo que podríamos conceptualizar como el tejido mismo de la invención, que, como definió Cicerón, es «inventar cosas que son verdaderas o que se parecen a la verdad, y que permiten hacer probable su caso» (excogitatio rerum verarum aut veri similium quae causam probabilem reddant). El testigo transforma la verdad en el momento de su archivo: tal testigo la inventa, no porque sea una verdad que deba ser recogida, sino porque es necesaria para probar un caso, para establecer lo que el testigo haya reunido más allá de los discretos movimientos de la experiencia.
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Sea esta cita de Petits problèmes et travaux pratiques de Jean Tardieu:
«Étant donné un mur, que se passe-t-il derrière?»
Esta es la pregunta del testigo. Y el testigo se encuentra, en realidad, con un verdadero muro. En las profundidades de los pasillos del metro, en el reino de Hades, donde las sombras son frecuentemente sombras y no pueden reconocerse entre ellas a menos que sea por accidente, como chocarse con alguien y luego reconocer la presencia de esa persona incluso para enfadarse con ella por su torpeza. El dolor recuerda a esas sombras la presencia del otro.
El dolor estaba presente. Pero no en los golpes accidentales de los cuerpos contra los cuerpos, sino más bien como una superestructura de dolor, un dolor que se había creado minuciosamente en los numerosos pasillos donde se había llevado a cabo el archivo de la verdad que iba a ser (y es otra vez) el próximo presidente. Esos pequeños trozos de papel o rastros electrónicos, ya sea que se deslizaran en la caja o que fueran escaneados por una máquina pirateada, habían constituido el archivo mismo de ese dolor visible que ahora inundaba los pasillos de Union Square.
Como insectos atraídos por la luz, la gente, los votantes, personas normales como usted y como yo, personas que viven aquí pero que no pudieron votar por su condición de ciudadanos, se sintieron atraídos por el muro. Quizá se preguntaban qué había detrás de ese muro. Y para investigarlo cubrieron este muro con pequeños trozos de papel pegados de forma efímera a los azulejos, a los anuncios, a las columnas, a las ruinas de un encofrado hecho trizas. Esos trozos de papel multicolor tienen un mensaje que pretende atravesar el muro para ver qué hay detrás. Si son víctimas de una verdad archivística concreta, ahora les gustaría crear otra verdad archivística, un mundo de recordatorios con el que poder olvidar la apremiante verdad de la crueldad que se avecina.
¿Por qué hoy? No es la primera vez que enseño estas fotos. Lo hice en el pasado en una exposición que tuvo lugar en el Heyman Center for the Humanities, en Nueva York. Al final de los días de exposición, las fotos se subastaron y los fondos recaudados fueron a parar a un programa de apoyo económico y social de la comunidad. Han pasado ocho años desde entonces, y hoy no es martes. Aunque es verdad que el día 5 de noviembre de 2024 fue martes. Otro martes aciago, pues resurgió el instinto fascista de una parte del electorado. Ese día no me atreví a ir al metro. Tenía miedo de que no hubiera post-its. Y en efecto, hasta donde a mí se me alcanza, no los hubo. Una terapia imposible.
Hace pocos días el presidente decretó que después de 249 años había que establecer una lengua oficial, y que esta sería el inglés. Es solamente uno de los muchos decretos firmados en las últimas semanas, y que, aunque han sido denunciados ante el poder judicial, han ido también minando la confianza de la ciudadanía en el proceso democrático. El poder ejecutivo está llevando hacia el abismo ciertos derechos que hasta hace poco parecían inalienables, como el ius soli o derecho a la ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense; o el derecho a la no discriminación por razón de raza, orientación sexual, credo, etcétera; o el derecho a la libre expresión y a otras libertades similares que forman parte del derecho constitucional. Las universidades no solamente lo sufren, sino que a veces (más frecuentemente de lo que esperábamos) se convierten en ejecutoras voluntarias de la carga fascista representada por el ejecutivo.
Así que estas fotos son un recordatorio, pero no un archivo del pasado, sino un archivo del futuro. No indican lo que sucedió en 2016, sino lo que seguirá sucediendo en los próximos años, no sabemos cuántos, post-it tras post-it.
* Jesús R. Velaco, Profesor de Español y Portugués y de Literatura Comparada en la Universidad de Yale, especializado en culturas legales y humanísticas del Mediterráneo medieval y moderno, es una de las voces (y de las miradas) fundamentales del hispanismo moderno. Su obra transita con libertad entre el pensamiento crítico y la experimentación artística.Además de su trayectoria académica, desarrolla una práctica creativa que incluye fotografía, escritura ensayística y proyectos visuales, donde explora la memoria, el cuerpo y los archivos. Su trabajo artístico dialoga con la historia y el derecho, transformando la investigación en una forma de creación poética y visual.